Ante el sonoro fracaso,al menos inicial, de este proyecto, entramos en receso, con una renovación esporádica de material. Promedio de 60 visitantes diarios nos deja muy lejos del mínimo indispensable.
El editor de creyentes.cl junto a su esposa en una foto de fines de 2008
Raúl Gutiérrez Valenzuela, periodista
Valparaíso, Chile, junio de 2009
A la memoria de mi padre, don Raúl Gutiérrez Oteíza (+ 2007)
“EL AUTÉNTICO PROBLEMA en este momento de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto”.
Es probable que incluso los detractores más severos de Benedicto XVI estén de acuerdo con él en este diagnóstico, que formulara en la elocuente y hasta conmovedora carta que a mediados de marzo envió a los obispos la Iglesia Católica de todo el mundo para explicar sus controvertidas decisiones respecto de los seguidores del fallecido Marcel Levebvre, más conocidos como católicos tradicionalistas.
Habrá creyentes, empero, que preferirían matizar ese diagnóstico con la observación de que el auténtico protagonismo de Dios ha estado en duda en el transcurso de toda la historia de la humanidad, y no sólo en la época actual. En el Antiguo Testamento abundan los pasajes en los que Jehová manifiesta su desilusión y hasta ira por la infidelidad e ingratitud de sus criaturas e incluso de su pueblo elegido. Tiempo atrás algunos teólogos acuñaron la expresión “el silencio de Dios”, que de alguna forma hacía eco a “la muerte de Dios”, proclamada en el siglo XIX por el filósofo alemán Federico Nietzche, mientras el marxismo en sus diferentes encarnaciones denunciaba implacable que las religiones eran el opio de los pueblos.
Parece en todo caso evidente que en las sociedades modernas o que aspiran a serlo en Occidente en este comienzo del siglo XXI, Dios y las religiones pierden importancia, al menos en los grandes medios y en la vida de los ricos y famosos. El observador llegado de otro planeta puede instalarse a vivir por buen tiempo entre quienes se mueven con mayor prestancia en la sociedad de consumo y no llegar siquiera a detectar actitudes o palabras que denoten una convicción religiosa o una visión trascendente de la existencia humana.
Habrá algunos que tienen vergüenza de manifestarse como fieles de la confesión a que estaban afiliados, debido a la escalada de escándalos que han remecido a diversas comunidades eclesiales por culpa de clérigos e incluso obispos. Otros se angustian por qué no saben cómo vivir su fe en una sociedad cada vez más pluralista y marcada por el indiferentismo y no encuentran en sus iglesias la orientación que requieren, por lo que quedan cual navegantes a la deriva; a menudo, el resultado es un debilitamiento sistemático de la fe que recibieron de sus mayores.
Da la impresión de que los creyentes se han esfumado o en el mejor de los casos se han sumergido, viviendo su fe con la discreción con que lo hacían los primeros cristianos, obligados a descender a las catacumbas para encontrarse con sus hermanos y alabar en comunidad al Señor.
La situación llega al extremo de que dos creyentes pueden trabajar e interactuar por largo tiempo sin llegar a descubrir que para ambos la fe es un elemento crucial de sus vidas.
HACER PRESENTE A DIOS, PERO ¿CÓMO?
Se me viene a la mente el título del libro que recoge los diálogos de Eric Valmir y Robert Laffont, dos reputados intelectuales franceses, con el cardenal hondureño Öscar Andrés Rodríguez, mencionado a menudo como potencial sucesor del Papa Ratzinger, cuya traducción del francés sería “Acerca de la dificultad de aludir a Dios en un mundo que piensa que no lo necesita”.
¿Qué decir, cómo actuar, a fin de no traicionar con el silencio y la pasividad nuestra fe en Dios y, al mismo tiempo, respetar los derechos de ni incomodar a quienes no creen en El? En aras de la discreción, de una supuesta cortesía respecto de los agnósticos, indiferentes y hasta iracundos respecto de religiones, muchos de nosotros procuramos disimular nuestra fe, incluso ante nuestros amigos y familiares.
”En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios”, señalaba Benedicto XVI en el mencionado documento”. Es una afirmación que seguramente suscribe un amplísimo espectro de creyentes, de todas las grandes religiones que existen en el planeta. Cierto, el Papa se refiere al Dios en que él cree, aquel ”cuyo rostro reconocemos en el amor llevado al extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado”. Se trata de una especificación en la que estarán de acuerdo todos los que se reconocen cristianos, sean ellos luteranos, anglicanos, bautistas, pentecostales, ortodoxos, por mencionar algunas grandes corrientes, sin dejar de lado a los católicos, por cierto, y al creciente grupo de quienes reconociendo al Jesús como el Hijo de Dios no tienen afiliación a una iglesia determinada.
EL MAS AMPLIO ECUMENISMO
Sin embargo, es, al mismo tiempo, una afirmación que deja al margen a la gran mayoría de los creyentes, de partida a musulmanes y judíos, seguidores de las otras dos religiones monoteístas, que creen en un Dios misericordioso e incluso profesan respeto por el Nazareno, pero no lo reconocen como el mediador con el Padre que está en los cielos.
Pese a esta discrepancia, que nadie debiera minusvalorar, los creyentes en general, cristianos o no, y con más razón los que se etiquetan así, encaran el desafío ineludible de procurar tender puentes ellos y ayudarse mutuamente, sin afanes hegemónicos ni de proselitismo, de ayudarse en la tarea de ser más eficientes y eficaces de hacer presente a Dios en el mundo moderno.
Benedicto XVI alude en la mencionada carta a “la necesidad de todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz”.
Pues bien, es precisamente el propósito de la modesta iniciativa que se ha propuesto este periodista chileno.
Este sitio lo hemos creado con el propósito de servir de punto de encuentro para el diálogo sincero y respetuoso entre creyentes de las más diversas religiones y credos, empeñados todos en mostrar de la mejor forma el rostro y la enseñaza de Dios a los hombres y mujeres de nuestra época.
Daremos cabida aquí a la crítica incluso severa, al intercambio sincero y por eso mismo hasta doloroso, pero no a la descalificación insalvable, ni menos a los insultos o groserías.
En las páginas virtuales de este medio electrónico difundiremos asimismo los sucesos, debates y reflexiones que se recogen en periódicos estadounidenses y europeos sobre diversos temas que interesan, conmueven y a menudo dividen intensamente a diversas confesiones religiosas. Son temas que en los medios nacionales reciben muy escasa cobertura, cuando no son objeto de burda manipulación ideológica y política.
Los creyentes no constituyen un universo que merezca respeto por parte de los medios de comunicación chilenos en general, carcomidos por la falta de pluralismo y la frivolidad.
ATEOS Y DUEÑOS DE LA VERDAD
Las numerosas referencias a jerarcas de la Iglesia Católica romana en el curso de esta presentación podrían llevar a la idea equivocada de que éste es un sitio que se relaciona con ella o que de manera disimulada tratará de acarrear agua para su molino. La verdad es que provenimos de esa Iglesia, de la cual recibimos la fe en el Señor Jesucristo y en la que reconocemos valores muy hermosos, pero ya no pertenecemos a ella, sintiéndonos mucho más próximos a iglesias surgidas de la Reforma protestante.
Sin embargo, estamos sinceramente convencidos de que el Señor de la historia habla y actúa a través de personas de las más diversas religiones y también, por cierto, de quienes no han recibido el regalo de la fe, pero actúan movidos por una buena voluntad que sólo puede ser inspiración divina.
Lejos está de mi ánimo asumir una actitud condescendiente de aquel que halla todo bueno y a todos dignos de elogio. Pero me asiste la fervorosa convicción de que quienes somos creyentes en un Dios bondadoso tenemos mucho en común, un terreno suficiente para construir fructíferos puentes y ayudar a que el mundo sea un lugar mejor.
Debemos pues descubrir los puntos en común y mostrar con respeto nuestras diferencias o especificidades, primero para el mutuo conocimiento y luego para aprender a respetarlas y procurar aproximaciones sucesivas.
La lectura de las páginas virtuales de este periódico estarán abiertas a quienes quieran recibirlas, pero pedimos a quienes se declaran ateos o agnósticos que se abstengan de participar en los debates, ya que sería inconducente. La explicación reside en que este sitio procura el diálogo entre creyentes; sin perjuicio del respeto que profesamos por quienes no tienen fe, el intento de entablar un diálogo fructífero con ellos nos rebasa, excediendo pues nuestras capacidades.
Habrá también un sector de creyentes cuya participación en los debates no será bienvenida, y lo señalamos francamente. Lo conforman quienes están sinceramente convencidos de detentar la verdad absoluta, por lo que escaso interés pueden tener de entrar en diálogo con quienes piensan distinto o albergan dudas. Quien se cree poseedor de la verdad absoluta, sólo entra en comunicación para convencer a los otros de que están equivocados o en el error, lo que torna muy difícil el diálogo.
Por cierto habrá espacio aquí para recoger los testimonios o aportes intelectuales de los que dudan, de aquellos que sienten debilitarse su fe ante los desafíos de la modernidad o los avatares de la existencia personal. Si la propia madre Teresa de Calcuta pasó largos años sumida en las tinieblas de las dudas, no habría razón alguna para rechazar los aportes de quienes vacilan y llegan a pensar que Dios los ha abandonado.
EN EL NOMBRE DEL SEÑOR
Casi 20 años atrás, en 1990, cuando Chile comenzaba a sacudirse de una cruel dictadura, este periodista acometió la aventura de editar el boletín Iglesia Nuestra, el primer (y único hasta la fecha) intento de crear opinión pública al interior de la comunidad católica de este país, de modo de contribuir a que la masa de fieles se convirtiera en Pueblo de Dios. La iniciativa duró tres años y terminó naufragando porque en definitiva los tiempos no estaban maduros.
Ahora, en las postrimerías de su carrera profesional emprende este proyecto, una iniciativa absolutamente personal, ajena a toda jerarquía o interés oculto, con la decidida voluntad de ser fiel a los principios que aquí se han señalado. Tiene la percepción de que nadie mejor que un laico puede acometer esta tarea, con la libertad indispensable para que tenga la amplitud requerida. Siente además que el Señor le pide que dedique parte de los dones con los que me ha regalado a abrir este espacio de diálogo, discrepancia, información, pero sobre todo, encuentro fraternal.
Financiaremos por nuestra cuenta las fases iniciales de este proyecto, en la esperanza de que pronto empezarán a afluir los aportes materiales de cibernautas que sabrán valorar esta iniciativa y tomarán conciencia de la necesidad de asegurar su financiamiento.
Confiamos que en breve lapso surgirán numerosos columnistas, de diversas iglesias y vertientes, que enriquecerán con sus opiniones estas páginas virtuales. Clave será asimismo darnos a conocer en ese universo que es el ciberespacio, por lo que contamos con el apoyo de nuestros lectores, que nos recomendarán a sus amigos y contactos o harán circular los contenidos de este sitio, a fin de que al cabo de algún tiempo dispongamos de cientos de visitantes al día, lo que facilitaría la obtención de publicidad.
El párrafo final del editorial del primer número de aquel boletín Iglesia Nuestra, junio de 1990) señalaba a la letra: “Arriesgaremos parte de lo que tenemos y muchas horas de trabajo profesional en esta empresa, que ponemos en manos de Dios, en la confianza de que Él conoce lo recto y diáfano de nuestras intenciones, y seguros de que, en definitiva, ningún esfuerzo acometido en su nombre resulta a la larga estéril”.

No encuentro forma más elocuente para cerrar esta presentación, casi 20 años más tarde.
CREYENTES, pero en receso