Errándole el palo al gato

Errándole el palo al gato

La jerarquía católica parece preocupada principalmente de minucias, mientras pierde sintonía con vastos sectores de la población, los cuales le dan la espalda, pero siguen sintiendo hambre de Dios

Agustín Cabré Rufatt, sacerdote claretiano
Diciembre de 2009

EN LOS MISMOS días en que una encuesta de la Universidad Católica y Adimark señalaba una baja notable (de 81% a 74% en los últimos tres años) en la pertenencia religiosa de la juventud de nuestro país, los obispos católicos chilenos retrocedían 40 años en algunos aspectos de la liturgia: estaban preocupados de que en la misa se dijera “por muchos” en lugar de decir “por todos”, al momento de la consagración del pan y el vino. Pareciera que se le está errando el palo al gato, como afirma el dicho popular.

EL SENTIDO DE PERTENENCIA EN DECLIVE
La señal de alarma se encendió tras conocer los resultados del último Censo nacional en el 2002: los ciudadanos que se reconocían “católicos” habían bajado en casi siete puntos porcentuales respecto al Censo anterior, de 1992. Los católicos eran el 70% de la población. En el mismo lapso los agnósticos habían crecido casi en tres puntos porcentuales, al igual que la significación del pueblo “evangélico”. Ahora, la encuesta UC-Adimark revela que en el grupo etario entre los 18 y 24 años, la pertenencia católica ha bajado de 60% en 2006 a 55% en 2009.

Constituye un hecho incuestionable que el retroceso constante en el transcurso de los años va a desembocar en apenas un par de décadas en que el pueblo católico se convierta en una minoría. Esa sola consideración debería ser tema de análisis, diálogo y toma de decisiones para una propuesta nueva del evangelio y su utopía del reino de Dios: un mensaje (evangelio) y un personaje (Jesús de Nazaret) que necesitan reubicarse en el contexto cultural del siglo XXI.

Ciertamente, el número de adherentes a una causa puede ser importante en los socios de un club deportivo, en la escolaridad de un colegio subvencionado, en los simpatizantes de un partido político. En la comunidad de creyentes en Jesús la cosa debe ser distinta: Jesús no envió a los apóstoles a predicar el Reino de Dios para captar adeptos, sino para invitar a los pueblos a entrar en la dinámica de la justicia, la búsqueda de la verdad, la solidaridad y la alegría de vivir: Para gozar el hecho de ser hijos del Padre que hace salir el sol sobre el paisaje donde vivimos, y el hecho de ser hermanos para construir una casa y una historia común.

El crecimiento numérico no siempre va de la mano con el aumento de la calidad. Muchas veces el grupo minoritario tiende a unirse más estrechamente, a buscar respuesta en las cosas verdaderamente importantes, a tener más identidad grupal. No necesitamos los católicos ir a buscar ejemplos muy lejanos: tenemos a la vista el culto litúrgico de las capillas en las poblaciones y, desde luego, los cultos evangélicos, que gozan de mejor salud que las concurrencias poco participadas, aburridas y latigudas de los templos solemnes del centro de la ciudad.

Sin embargo, no podemos obviar el hecho de que la verdadera pertenencia a una comunidad de fe y un verdadero compromiso con sus ideales es de por sí contagioso: el verdadero creyente es misionero casi por definición.

Entonces, si un grupo religioso disminuye en el tiempo es porque no está atento a responder a las preguntas de fondo que la sociedad está planteando permanentemente en su búsqueda de luz para ver, de agua para saciar su sed, y de alimento para sostenerse en el camino. Las nuevas realidades emergentes involucran temas que afectan a la vida misma del planeta y de las gentes: la familia, los derechos ciudadanos, las reivindicaciones de las mujer, la situación de los pueblos originarios, la preservación de la paz, la lucha de clases, la denuncia de los ídolos y la vivencia de la fe, la formación del sentido crítico, el liderazgo social y político, el sistema económico a todas luces inmoral, la depredación del planeta, el uso de las tecnologías comunicacionales, al desafío de la investigación científica…

Acerca de todos estos temas existen declaraciones de la jerarquía eclesial, pero al parecer se quedan en el discurso. Se diria que la verdadera preocupación, aquella que se apodera del tiempo, la verborrea, el desgaste diario de los funcionarios curiales, fueran los temas en miniatura, como si el pueblo no tuviera ya mayoría de edad: la prohibición de tener acólitas en alguna diócesis, la comunión en la boca, el traje que deben usar los curas, la condena cerrada a los preservativos, el uso del “vosotros” en la liturgia, como si Dios solamente fuera gallego.

Ante esto, parece lógico que la gente busque en otras partes las respuestas fundamentales.

LOS “TEMITAS” PASAN A PRIMER PLANO
Al visualizar todo ese mundo de situaciones que interrogan a mi iglesia acerca del sentido de la vida y de la muerte, a fin de que elladé razón de su esperanza, los “temitas” de cuarta importancia no pueden pasar a primer plano. Estoy cariturizando un tanto la situación, pero no estoy tan alejado de la realidad: el ritualismo le ha ido ganando a la luturgia, el moralismo a la ética, el clericalismo al pueblo de Dios, el rezo al acercamiento cordial a la Biblia, el rebaño a la comunidad.

El mismo documento de Aparecida y la propuesta de la Misión continental permanente corre el peligro de anclarse en unos gestos mas o menos simbólicos, como la escritura del Evangelio de Chile, en circunstancias de que lo importante no es tanto re-escribir la sanación de la suegra de Pedro, sino buscar caminos para, por ejemplo, la sanación de miles de personas que esperan un trasplante, sin que la fe de los cristianos nos haya impulsado a una campaña permanente y firme en la donación de órganos.

Lo que hay que re-inventar, más que re-escribir, es un lenguaje que podamos emplear para entendernos con un mundo áspero para los compromisos religiosos, pero que sin embargo anda en una búsqueda frenética de algo digno, firme y noble que le llene el corazón. Por ahí está uno de los nudos del problema: no hay códigos acordados para que las propuestas del Evangelio sean dialogadas con el mundo moderno.

Escribo estas líneas en el día en que una multitud alegre y bulliciosa copó los espacios en uno de los grandes parques de la capital de Chile: era el día de Santa Cecilia, patrona de la música. Decenas de artistas populares y 33 bandas de sonido hicieron vibrar a más de 40.000 personas en un día familiar al aire libre, desde las 11 de la mañana a las 8 de la noche. Sus organizadores fueron entidades ajenas absolutamente a grupos religiosos. Una ocasión inmejorable para que nuestra iglesia se hubiera unido patrocinando, invitando, celebrando la vida en un evento familiar, lúdico y artístico, precisamente tres elementos que le hacían falta ese mismo día a las misas en los enormes templos semi vacíos. Santa Cecilia se salió de los cultos tradicionales y de los llamados espacios sacros, pero se instaló en los parques, en la vida de miles de ciudadanos, en las notas vibrantes de la buena música. Se instaló en los espacios también sagrados de la ciudad. ¡Qué lástima que no la hubiéramos acompañado.: hubiera sido un día de Acción de gracias a Dios distinto a la rutina dominical!

POR UN VOTO
Toda esta temática minúscula que le da importancia a detalles (incluso buscándole raíces bíblico-teológicas) para cambiar el lenguaje de la gente común por uno que aquí no se usa, es fruto de una votación en la anterior Asamblea Plenaria del Episcopado nacional. Un solo voto, según fuentes fidedignas, decidió que Chile no se uniría a la posibilidad de editar un texto común para la mayoría de las naciones de la zona sur latinoamericana. Todos los otros episcopados aceptaron, al parecer sin mayor dificultad, que se dijera “ustedes” en la consagración del pan y del vino en las misas. Con esta decisión los chilenos obligaron a editar un nuevo y costoso Misal propio para el país desperdiciando la ocasión de abaratar costos y la ventaja de editar en conjunto con los demás se nos fue a alguna parte innombrable: sesenta mil pesos le cuesta a cada parroquia o capilla en Chile un libro de altar con ese cambio al idioma castizo. Por eso en reuniones clericales las autoridades están patrocinando que por lo menos se imprima un par de líneas, se recorte, se pegue en el misal viejo, porque el decreto ordena que quien no obedezca haría un acto ilícito en la celebración litúrgica.

Aquí entra otro dato interesante: hay ordenanzas que pueden ser sabias o tontas, también en nuestra iglesia, pero que en muchos casos no es prudente exigir: si se hace, se pone en situación de desobediencia a personas que por otro lado poseen una gran fidelidad.

Muchos presbíteros, por criterio pastoral, por fidelidad a lo que verdaderamente importa, por vivir en el siglo XXI, harán caso omiso de ciertos decretos difíciles de asimilar. Y esto no ayuda a una sana evangelización en nuestros pueblos.

El mundo necesita fundamentar su esperanza para construir una sociedad que dé dignidad y mejor calidad de vida a todos, especialmente a los más desfavorecidos. Nuestra iglesia está llamada a ser parte importante en este desafío, pero mientras una parte de ella esté preocupada de los “temitas” y no de los grandes temas, estará errándole el palo al gato.
.



Publique su opinión (¡y no deje de recomendarnos a sus amigos!)

Solicitamos no sobrepasar las 300 palabras.