Hacer leña del árbol caído atenta contra caridad cristiana y escandalizarse hasta la histeria ante el pecado ajeno tiene mucho de farisaico, pero si la congregación formada por Marcel Maciel quiere salvar su alma es imprescindible que pida perdón no sólo por las fechorías de su fundador, sino por el integrismo sectario de la orden. La cúpula dirigente debe renunciar y la congregación partir de cero, confiada sólo en el Señor
Redacción de creyentes.cl
Diciembre de 2009
SIGUIENDO UNA TRADICION inaugurada por el controvertido fundador Marcel Maciel hace décadas, su sucesor al frente de los Legionarios de Cristo, padre Alvaro Corcuera, dirigió esta fiesta de Cristo Rey de 2009 (domingo 20 de noviembre) a los aproximadamente 800 sacerdotes y 2.500 seminaristas repartidos en 22 países y a los miles laicos comprometidos en el movimiento Regnum Christi, un mensaje que puede calificarse de dramático.
El adjetivo no es gratuito si se considera la desolación que prevalece en las filas de los legionarios tras las apabullantes revelaciones acerca de las fechorías, entre las cuales la más leve es que haya tenido una amante con la cual engendró una hija, perpetradas por el fundador, al que por décadas los legionarios profesaron una veneración y una obediencia desmesuradas, considerándolo un santo en vida.
“Es hermoso ver en cada lugar con cuánta generosidad cada uno de ustedes se entrega a la misión de hacer crecer este reino de Cristo” parte diciendo el superior de la orden. Señala enseguida que con frecuencia repetimos a Dios la invocación ¡Venga tu Reino!. “Lo pedimos porque sabemos que es un don de Dios, más que un objetivo que podamos alcanzar por nuestras propias fuerzas. Es algo que nos supera, pero también somos conscientes de que Él ha querido contar con nuestra colaboración y ha formado su Iglesia, germen y comienzo de su Reino en la tierra, como instrumento y camino para lograr este anhelo de su amor. Es en este marco donde tiene sentido la existencia y la misión del movimiento Regnum Christi”.
Evocando enseñanzas de Juan Pablo II, Corcuera señala que el reinado de Cristo no es una realidad abstracta o que se quede en las nubes. “Si El nos está llamando a instaurar su Reino en esta tierra, podemos preguntarnos dónde y cómo tenemos que hacerlo. Ya sabemos que el lugar por el cual debemos comenzar es por nuestra propia vida: lograr que Cristo reine en nuestro corazón. A fin de cuentas, este Reino es Cristo mismo que se hace presente en medio de los hombres. No es algo que nosotros hacemos, sino una realidad ya presente a la cual nos abrimos”.
Sostiene que el señorío de Cristo no debe, sin embargo, quedar reducido al corazón de cada creyente. Los cristianos están llamados a ser antorchas del amor de Cristo que transmitan a cada ser humano la luz de la fe y de la esperanza que Él les ha regalado. «Instaurar el Reino de Cristo», por tanto, debe significar para cada cristiano ayudar a quienes están a su lado a que se abran a Cristo y dejen obrar a su gracia. El mejor apostolado consistirá en imitarlo a Él y permitir que tome posesión de sus pensamientos, palabras y obras. “Necesitamos pedir el don de ver todos los acontecimientos desde Él y de hablar siempre con sus palabras, como nos enseña san Pablo: «lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno»; que todas nuestras obras sean gotas de amor que llenen de paz al prójimo: «sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo»; que seamos instrumentos del amor de Dios a los hombres, porque «Dios es amor».
En el pasaje más dramático de su mensaje, el sucesor de Maciel señala que quieren vivir esta fecha con espíritu de reparación y de humildad, unidos a Cristo Rey, que es rico en misericordia. “Quiero aprovechar esta carta para pedir nuevamente sincero perdón a todas las personas que hayan sufrido o estén sufriendo por los hechos tan dolorosos que hemos vivido. Dios nos invita a vivir este período intensificando la vida de oración, los actos de caridad y el espíritu de penitencia, para unirnos más a Jesucristo y a nuestros hermanos los hombres”.
Alude a continuación al Manual del Miembro del Regnum Christi, el cual estipula que la única razón de ser del Movimiento estriba en servir a la Iglesia y a sus Pastores, y, desde la Iglesia y a partir de la misión sobrenatural y humana de la Iglesia, servir a los hombres. Cita otro pasado del Manual, que sentencia: «Nuestro servicio a la Iglesia y a la sociedad consiste en formar apóstoles que construyan la civilización de la justicia y el amor cristianos». Ello lo lleve a sostener que todos los apostolados y actividades, toda la vida del Movimiento deben estar orientada a este servicio. “Si perdemos de vista este aspecto, estaríamos perdiendo la orientación fundamental que debe tener el Movimiento Regnum Christi. Queremos continuar y contemplar agradecidos la acción de Cristo en la Iglesia”.
Recuerda enseguida que la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, debe ser uno de los amores fundamentales del miembro del Movimiento. Este amor deriva del amor a Cristo. San Pablo enseña que Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Del mismo modo nosotros, dice el superior de los Legionarios, estamos llamados a profesar y testimoniar con nuestro actuar un amor semejante por ella. “Gracias a Dios, la Legión de Cristo y el Regnum Christi pueden ofrecer ya muchas actividades y apostolados que buscan servir a nuestra Madre, pero sobre todo sus miembros se esfuerzan por servirla con su propio testimonio, su tiempo y sus talentos, de forma desinteresada. Sabemos que en todo momento somos instrumentos, canales, puentes para que los demás lleguen a Él. Dios nos invita a seguirlo por el camino de la humildad y de la pureza de intención”.
Corcuera invita a los integrantes del movimiento Regnum Christi para que en este año sacerdotal refuercen su sentido de Iglesia. “Se puede decir que en ello encontramos nuestra definición como cristianos comprometidos al servicio de Cristo. Cuánto bien podemos realizar poniendo todo nuestro empeño e iniciativa apostólica al servicio de la comunidad eclesial local, de acuerdo con las directrices de los obispos y párrocos”. Que todos nuestros esfuerzos estén orientados a la transformación de los corazones; a que las almas vuelvan a Cristo y a su Cuerpo Místico por medio de los sacramentos. El miembro del Movimiento se debe a la Iglesia y su apostolado debe consistir en edificarla para que pueda abrazar a más personas: «Por la Iglesia y en la Iglesia recibimos la fe en Cristo, los sacramentos que nos comunican la gracia, y la plena verdad sobre Dios y sobre sus designios de salvación. Cristo mismo se nos da por medio de la Iglesia».
En otro pasaje clave de su mensaje señala Corcuera: “No estamos solos. Nos llena de esperanza leer las palabras que Dios dirigió a muchos de sus elegidos y enviados para preparar su Reino; saber que Dios está con nosotros, como estuvo con Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Josué, Gedeón. Así se lo aseguró también al rey David al profeta Isaías, Jeremías. Todos ellos eran hombres, conscientes de sus propias limitaciones y de su condición humana. Sin embargo, supieron abrir su corazón a la acción de Dios. Recibieron una vocación que humanamente hablando los superaba, y procedieron siempre con la seguridad de que todo provenía de Dios”. Inevitablemente, ante estas reflexiones, el lector tiende a pensar que se trata de una velada alusión al fundador de los Legionarios, Marcel Maciel. “Así también nosotros descubrimos que Cristo es el Amigo fiel de nuestras almas. Nos acompaña siempre y nos dirige como palabra viva la promesa que hizo a sus apóstoles tras su Resurrección: Yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo». Cristo siempre nos sorprenderá con su bondad infinita, y ahí, en nuestra condición humana, Él realizará los milagros de su amor”.
El padre Corcuera asume enseguida una actitud de clara modestia frente a otros movimientos eclesiales, lo que marca la superación de una etapa marcada por el triunfalismo y un cierto desdén respecto de otras corrientes eclesiales. “No estamos solos porque Él (Dios) nunca nos deja. No estamos solos porque el Regnum Christi no es una realidad aislada. Somos parte de la gran familia de Dios en la que la variedad y belleza de estos caminos nos enriquece y nos alienta a todos. Nuestro movimiento es sólo una de tantas realidades que Dios ha suscitado en la Iglesia, como camino que nos ayuda a vivir nuestro compromiso bautismal. Y así como valoramos mucho y agradecemos a Dios la riqueza del carisma que nos ha regalado para ponerlo al servicio de la Iglesia, apreciamos también como un don de Dios a las demás fuerzas vivas de la Iglesia, en las que contemplamos tan claramente la acción continua del Espíritu Santo”.
En una velada referencia a la virtual intervención de que ha sido objeto la congregación por parte del Vaticano, Corcuera agrega: “No estamos solos porque contamos con la guía de nuestros pastores, los obispos, que son verdaderos padres que Cristo nos da, como sucesores de sus Apóstoles, para enseñarnos, gobernarnos y santificarnos. Nos sostiene el ejemplo y la ayuda de muchos sacerdotes santos y el testimonio de muchos hermanos en la fe, con quienes formamos la comunidad de los creyentes”.
PASO IMPORTANTE, PERO INSUFICIENTE
Los críticos más severos de Marcial Maciel y/o de la orientación de los Legionarios de Cristo y su movimiento se han declarado insatisfechos por el perdón que solicitara Corcuera. “Ha vuelto a pedir perdón, y otra vez lo ha hecho de forma etérea, sin reconocer ninguno de los hechos concretos que por haber causado “escándalo público” expuso uno de ellos.
La brecha entre lo que cabría exigir de los Legionarios y su conducta real tras la debacle desatada por las revelaciones sobre Marcel Maciel queda más de manifiesto a la luz del contenido del artículo “Para salvar a los Legionarios de Cristo: un capítulo de las esteras”, que publicara recientemente el teólogo español Xavier Pikaza, quien, aunque confiesa no ser experto en el tema, dice conocer desde hace tiempo esta organización y creer estar en condiciones formular un planteamiento que tal vez ayude a salvar a muchos legionarios en la gran crisis por la que están pasando.
Declara que conoció a Maciel de pasada, cuando venía, entre los años cincuenta y sesenta, para la fundación de su colegio/noviciado de Salamanca. “Vino a hospedarse alguna vez a nuestra casa; mi impresión es de distancia”. Agrega que ha conocido varios colegios de Legionarios en España y México. También ha conocido y “estudiado” su ideología, vinculada a un tipo de “capitalismo cristiano”: convertir a la élite (con métodos de élite) para luego ayudar a los pobres. “Nunca me he sentido a gusto con esa “ideología”, aunque he respetado siempre a las personas”. La vida privada del P. Maciel le parece triste, por su “doblez”, por la doble dimensión en que vivía. “No sé si era “malo”, era enfermo, muy enfermo. Lo malo (y lo admirable) es que un enfermo así haya creado y dirigido una de las empresas eclesiásticas y civiles más importantes del último tercio del siglo XX.
Considera Xavier Pikaza que la responsabilidad de las fechorías perpetradas por el P. Maciel es amplia, es decir no sólo personal, sino que recae de alguna forma en aquellos que le apoyaron, empezando por la Jerarquía Eclesiástica, que se dejó engañar por su ideal/ideología, y siguiendo por muchos círculos de “capitalismo” cristianos, tanto en México, como en España y en USA, entre otros lugares. “Hacer un juicio al P. Maciel es hacer un juicio al tipo de Iglesia, que le dio todas las dignidades posibles, antes de arrojarle por la borda, y al tipo de Sociedad Capitalista Cristiana que le ayudó, porque él ayudaba al capitalismo. Eran muchos los que desde hace más de quince años, por poner una fecha) conocían las “irregularidades” (o enfermedades) del P. Maciel, pero algunos hicieron todo lo posible por encubrirlas, lo cual ha sido al fin contraproducente. En este momento, entonces, el “mea culpa” ha de ser extenso… y extenderse no sólo al círculo de colaboradores inmediatos del Padre Maciel, sino al tipo de Iglesia y Sociedad Capitalista cristiana que le ayudó.
En ese contexto es fundamental, a juicio de Xavier Pikaza, una “relectura teológica” del “carisma” del Padre Maciel, vinculado a la evangelización desde la riqueza y el poder, con una fuerte dosis de “integrismo sectario”.
“He conocido personalmente (y he sufrido en el alma) -declara el teólogo español- elcaso de muchachos vinculados al Círculo Maciel que, al dejar la Institución, han pasado años de martirio porque les habían dicho que “se condenaban seguro” si se marchaban. Sin esa relectura teológica, sin esa vuelta al evangelio/evangelio todo lo demás me parece poco importante. Para que la “visita canónica” (la inspección ordenada por el Papa) a los Legionarios dé fruto tiene que haber una “visita” teológica, que no sé si muchos están dispuestos a hacer. Lo que importa más no es la anécdota de los escándalos de Maciel, con mujeres e hijos… que eso me parece hasta humano (¡si no se ocultara!). Lo que me importa es la ideología de fondo de esta Legión, que me parece poco de acuerdo con el Evangelio (aunque algunos eclesiásticos y civiles no lo hayan querido ver y quizá no lo quieran ver todavía)”.
Xavier Pikaza manifiesta su respeto a los visitadores designados por el Papa, entre los cuales el arzobispo chileno de Concepción, Rucardo Ezzati. Sin embargo, declara estar convencido de que la salida inmediata es la renuncia, voluntaria o forzada, de toda la cúpula organizativa, de todos los “mandos”. “No tiene sentido criticar a Maciel (diciendo que “no sabíamos”) para que todo siga como estaba. La única forma de desvincularse de Maciel es dimitir: la dimisión forzada o voluntaria de todos los cargos. La Institución de los Legionarios de Cristo debe quedar en mano de unas “comisiones gestoras”, hasta el capitulo constituyente”.
¿Habría que disolver la congregación de los Legionarios? Algunos de mis amigos son partidarios de esta fórmula, consigna Xavier Pikaza,, de manera que sus miembros pasen a otros institutos o diócesis… y las obras de la Congregación queden en manos de las diócesis o de cooperativas “ad hoc”, en la línea de la disolución de los templarios o de los jesuitas, en otro tiempo, por poner dos ejemplos muy distintos.
El teólogo español se muestra más partidario de una refundación, mediante un capítulo constituyente, lo que él denomina “un Capítulo de las Esteras”, aludiendo a un hecho clave en la historia de los franciscanos. Entre el 1217 y el 1221, los franciscanos celebraron varios “capítulos de las esteras”. Venían todos los hermanos, sin más riqueza que una estera para tumbarse y dormir… y a campo abierto, sin más riqueza que el seguimiento de Cristo, realizaban sus tareas de organización y reforma. Pues bien, dice Pikaza, los buenos “legionarios”, que los hay (y son muchos) deberían reunirse y decidir lo que quieren y pueden hacer con su congregación, para refundarla, recreando su ideología, cambiando su forma de vida. Para ellos tienen que confiar en ellos mismos… y volver al evangelio, a las esteras de Francisco, a los métodos de Jesús de Galilea, comiendo a campo abierto con todos los que venían, entre pobres y enfermos, para abrir así un camino a todos, no desde la riqueza, sino desde la humanidad.
Se declara Pikaza convencido del valor, del inmenso valor cristiano de miles de “legionarios” a los que hay que dar una oportunidad, para que rehagan su Congregación. Se dice que Dios escribe recto con líneas torcidas. Marcel Maciel ha sido una línea torcida, pero se puede y se debe escribir recto partiendo de ello. No se puede abandonar a los miles de buenos legionarios a la incertidumbre. Su ideología de fondo no me parece buena y tienen que cambiarla, reelaborar su carisma, recrearlo. Estoy convencido de que la “cúpula legionaria” no puede hacerlo, debe dimitir ya. Pero una mayoría de legionarios pueden y quieren hacerlo. Algunos me lo han dicho. Tienen espíritu de sacrificio, son grandes cristianos…. ¡Que ellos vean lo que quieren hacer con su Congregación!”
Reitera el teólogo español que el punto de partida lo constituye la dimisión de la cúpula actual. Luego, ese capítulo de las esteras, al que deberían los Legionarios dispuestos incluso a olvidarse del nombre de la congregación. “Quizá un día bendigamos a Don Maciel, que llevó doble vida pero que, con renglones torcidos, hizo posible una nueva Congregación Religiosa abierta a la misión universal, en este comienzo ya avanzado del siglo XXI”.