El “contragolpe” de los anglicanos

El “contragolpe” de los anglicanos

Bendito Papa Benedicto por abrir las puertas de su Iglesia a los anglicanos disconformes, pero benditos, también, quienes, junto con declinar la invitación, tengan la audacia de ofrecer cabida a los millones de católicos, miles de sacerdotes incluidos, que se sienten vejados por El Vaticano. El trasvasije de fieles podría fortalecer el pluralismo entre los cristianos y dejar en evidencia que la búsqueda de la unidad no puede confundirse con el totalitarismo teológico ni con el avasallamiento de determinadas iglesias

 

 

Raúl Gutiérrez V, editor de CREYENTES.CL
27 de octubre de 2009

NUNCA ES BUENO juzgar intenciones, así que no cabe descalificar de partida la decisión anunciada por El Vaticano (martes 20 de octubre de 2009) de ofrecer alero en la Iglesia Católica a los fieles y pastores anglicanos que han llegado a sentirse extraños dentro de su propia comunidad, en especial porque en ella se ha abierto progresivamente el acceso de mujeres y homosexuales al sacerdocio y la función episcopal.

La decisión del Papa Benedicto XVI puede calificarse incluso como generosa, ya que ofrece a esos anglicanos la posibilidad de afiliarse al catolicismo sin necesidad de renunciar a ciertas especificidades de su confesión, como la no exigencia de celibato a sus ministros, por ejemplo. Importantes sectores del anglicanismo, se habla incluso de diócesis enteras y de centenares de ministros, han recibido con alegría y esperanza el anuncio vaticano y se aprestan a tomar las decisiones pertinentes.

Cuesta entender, sin embargo, que ellos vayan a aceptar el reconocimiento de los siete sacramentos católicos, incluidos la confesión y el matrimonio indisoluble, lo mismo el culto especial a la Virgen María y la supuesta infalibilidad del papa en asuntos de fe y moral, aunque ya algunas ilustres voces del catolicismo romano chileno han advertido que se trata de exigencias ineludibles.

Dejando de lado esos aspectos, que no son en absoluto meros detalles, forzoso es consignar que el ofrecimiento de la jerarquía vaticana ha suscitado, principalmente, desconfianza y hasta reacciones de escándalo en amplios sectores de creyentes. Estos consideran que se trata de una maniobra que, aprovechando las graves divisiones existentes al interior de la Comunidad Anglicana, busca acarrear agua al molino católico.

EL BENDITO CONTRAGOLPE ANGLICANO
Como Dios suele escribir derecho con líneas torcidas, aun en el caso de que Roma haya actuado por cálculos de poder, su decisión de abrir las puertas a los anglicanos puede revelarse a la larga muy útil para el cristianismo en su conjunto.

Ello dependerá, claro, de que las iglesias anglicanas sepan mostrar una caridad activa y creativa, por ende no desprovista de audacia, en favor de los millones de católicos que se sienten cada vez más extraños dentro de la iglesia que los vio nacer y los bautizó.

Para tal efecto, es indispensable, claro, que la Comunidad Anglicana acepte, con tristeza, pero esperanza; con respeto pero con alivio, el éxodo de centenares de sus ministros y cientos de miles de fieles. No es fácil ver que las filas de la congregación ralean y que se van muchas personas valiosas, con las cuales se habían tejido sólidos lazos de fraternidad. Pero no pasarán a ser enemigos, ¡ni por nada!, sino que cristianos con los cuales sigue habiendo cuestiones esenciales en común, pero de los cuales los separan diferencias no desdeñables, que no cabe ocultar bajo la alfombra.

Como contrapartida, la emigración de quienes rechazan el sacerdocio femenino y de los homosexuales permitirá a la Comunidad Anglicana intensificar su compromiso con sectores que habían permanecido postergados y víctimas de discriminación, anomalía que grupos cada vez más amplios de cristianos han comenzado en las últimas décadas a percibir y a rechazar. Es que la evolución misma de la sociedad (los signos de los tiempos) nos va ayudando a descubrir mejor el mensaje y las exigencias del Evangelio.

Así, en los primeros tiempos del cristianismo la esclavitud era considerada algo natural y hasta querido por Dios, pero ahora nos parece francamente inconcebible; y la pena de muerte, que durante siglos no mereció mayor objeción por parte del cristianismo, suscita creciente resistencia entre los seguidores de Jesús. Ochocientos años atrás, incorporarse a una cruzada con el objeto de ir a matar infieles aparecía como una decisión inspirada por Dios, que aseguraba a los intrépidos la vida eterna (y fortuna si salían vivos del empeño). Hasta no hace medio siglo los católicos oraban en la liturgia del Viernes Santo por la conversión del “pérfido pueblo judío”, texto que felizmente fue descartado. Ejemplos podrían darse innumerables acerca de cómo la conciencia moral va, felizmente, progresando, aunque se trata de procesos que toman tiempo y que no pueden imponerse al interior de las comunidades religiosas, las cuales se han convertido por esencia organizaciones de afiliación voluntaria desde que al menos en el mundo occidental se considera la libertad religiosa un derecho humano fundamental.

Tras el previsible flujo de quienes, sin duda de buena fe, rechazan, entre otras decisiones, el acceso de las mujeres y los homosexuales al sacerdocio, quedarán en las iglesias anglicanas aquellos fieles que , a su turno, están sinceramente convencidos, entre otras cosas, de que Jesús no vino a marginar ni a unas ni a otros ni tampoco entregó recetas en materia de píldora del día antes o del día después, no definió el momento exacto de comienzo de la vida humana, no condenó el condón ni excluyó del sacerdocio a los casados.

De esta forma, los anglicanos que permanezcan en sus comunidades quedarán en condiciones de testimoniar una caridad activa, es decir de acoger sin restricciones ni imponiendo contratos con letra chica, a centenares de miles de católicos que tras sufrir la experiencia devastadora del quiebre de sus matrimonios han recibido, casi incrédulos en un principio, el regalo, que no puede menos que provenir de Dios, de una nueva pareja, por cuya causa, empero, son objeto de discriminación odiosa en la Misa, en la cual se les niega el acceso al cuerpo y la sangre del Señor. La mayoría de esos creyentes han optado por alejarse de su Iglesia y vagan cual ovejas sin pastor, situación que entraña el peligro de debilitar su fe y la transmisión de la misma a los hijos.

También los anglicanos debieran mostrar su caridad activa respecto de tantos matrimonios que trasgreden, no sin problemas de conciencia, la prohibición de los anticonceptivos impuesta por Pablo VI hace cuatro décadas; y hacia los jóvenes católicos, que saben que tienen prohibido el uso del condón si es que se involucran en actividad sexual antes del matrimonio, lo que los pone en el grave peligro de contraer el sida si es que ceden a la más mínima tentación, ya que en estas materias El Vaticano tiende a olvidar la doctrina del mal menor que acuñara hace varios siglos Santo Tomás de Aquino.

Activa debiera ser también la caridad de los anglicanos para con las mujeres que se preguntan por qué se les niega, en razón de su sexo, el acceso al sacerdocio, en circunstancias de que Jesús las eligió a ellas para anunciar la estremecedora noticia de su resurrección y que Pablo sentenció que tras la victoria del Señor, “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo”.

Activa ha de ser, igualmente, la caridad de los anglicanos para con los homosexuales, despreciados y perseguidos por tanto tiempo en nuestras sociedades, lo mismo que antaño los leprosos a los que Jesús acogió con tanto respeto. Muchos de esos homosexuales han llegado a la conclusión, tras agonizante discernimiento, que Dios los ha hecho diferentes, pero no por ello eximidos del llamado a vivir el amor, por lo que no debieran existir barreras para que sirviesen a sus hermanos como sacerdotes o para que pudieron recibir la bendición si se deciden vivir en pareja.

Hay otro sector, todavía, que debiera ser objeto de la activa caridad de los anglicanos que opten por seguir en su Iglesia. Se trata del conformado por miles y miles de sacerdotes católicos romanos (más de cien mil según algunas fuentes) que han debido abandonar el ministerio que tanto amaban porque en lugar de arrastrar una sexualidad clandestina y empequeñecedora, decidieron comprometerse con la mujer que Dios puso en su camino, decisión que les significó ser “reducidos” al estado laical, mediante un procedimiento a menudo vejatorio. Al igual que los discípulos de Emaús, ellos sienten que su corazón arde cuando asisten a la misa o escuchan textos del Evangelio, pero la jerarquía les cortó las alas, pese a que a diario aumenta el número de comunidades sin sacerdote y que la gente común ha demostrado acoger con la naturalidad a los diáconos casados.

LAS DIFICULTADES DEL REENCUENTRO
La apertura vaticana a los anglicanos es audaz porque no puede ignorarse que incorporar a cientos de ministros casados intensificará los cuestionamientos acerca de la mantención del celibato forzoso para los sacerdotes católicos, en especial para los jóvenes que se preparan para recibir las llamadas sagradas órdenes. Resulta difícil de imaginar, por otra parte, que los anglicanos divorciados y que volvieron a contraer matrimonio sean excluidos de la recepción de la eucaristía, en circunstancias de que en sus congregaciones no eran objeto de discriminación alguna. Pero si ellos pueden seguir comulgando, ¿qué dirán los obispos y sacerdotes a los católicos divorciados y vueltos a casar? ¿Terminarán por hacer la vista gorda, debilitando así el carácter indisoluble del matrimonio, dogma de fe para El Vaticano?

Por otra parte, los anglicanos provienen de una comunidad ajena al autoritarismo y centralismo tan propios de la Iglesia Católica, lo que genera una cultura más dado al diálogo y al intercambio. Cuesta imaginar cómo se adecuarán al estilo de la maquinaria vaticana, que en las últimas décadas no ha trepidado en silenciar a teólogos de gran valía intelectual, entre ellos Hans Küng, Jon Sobrino y Leonardo Boff. Los obispos anglicanos son elegidos con vigorosa participación de los fieles, a diferencia de lo que sucede en la Iglesia Católica, donde los nombramientos se deciden en la cúpula del Vaticano, a menudo por consideraciones que nada tienen que ver con lo pastoral.

Ahora bien, el previsible masivo éxodo de fieles anglicanos a la Iglesia Católica envuelve otro peligro que puede ser muy grave para ésta. Y es que en su seno se fortalezcan las posturas llamémoslas tradicionalistas, que en lo esencial, repitámoslo, en lo esencial, consideran que la Iglesia Católica es la única verdadera y que por consiguiente su jerarquía debe acentuar el autoritarismo que ejerce sobre sus fieles. Si, en paralelo, la Iglesia Anglicana, liberada ya de los elementos que la prensa denomina “conservadores”, acentúa su apertura respecto de los católicos maltratados y se muestra ante el mundo como una comunidad menos obsesionada por el sexo y más abierta a la libertad de los fieles, entonces el número de sus integrantes tenderá a incrementarse. Es que son millones y millones las personas que andan en busca de una comunidad que los acoja y les anuncie el Evangelio, pero respete su libertad de conciencia en asuntos controversiales y en los que cada quien debe actuar según su conciencia.

LA CRISTIANDAD EN TENSION
El desafío a que se ve enfrentada la Comunión Anglicana no se agota en sí mismo, ya que se asemeja al que encaran asimismo los luteranos y otras confesiones cristianas, enfrascados en dolorosas querellas internas entre “aperturistas” y “conservadores”. Por consiguiente, es muy probable que en el futuro próximo se registren réplicas del sismo que se desencadenó al hacer pública la Iglesia Católica su intención de abrir las puertas a los anglicanos disconformes.

Utilizamos las expresiones “aperturistas” y “conservadores” porque resultan de fácil comprensión, pero no les asignamos a ninguna de ellas una connotación ni positiva ni negativa. Nos parece que cada quien está obligado a seguir su conciencia, después, claro, de tratar de ilustrarse todo lo que su inteligencia y preparación se lo permitan y de pedir al Señor que lo ilumine. Como fruto de ese ejercicio podrá asumir la postura A o B y la suya será una opción respetable, con tal que no desconfíe de la buena fe de sus hermanos en la fe que asuman la alternativa contraria.

Se nos dirá que ello puede conducir al caos, pero replicamos que incluso en una iglesia fuertemente centralizada y autoritaria, como es la católica, el divorcio entre lo que postula su jerarquía y lo que piensan sus fieles es cada vez más notorio. Un porcentaje considerable de católicos, por ejemplo, rechaza en la práctica el sacramento de la confesión y un segmento no despreciable declara no creer en la vida eterna. Y el segmento de quienes utilizan la píldora anticonceptiva para regular los nacimientos debe rondar el 90%, pese a la persistencia de la prohibición oficial. Los llamados “católicos a su manera” parecen constituir la forma en que, ¿sabiamente?, muchos fieles se cobran revancha de una jerarquía que toma decisiones e impone cargas espirituales muy pesadas a fieles a los cuales considera literalmente como ovejas, incapaces de todo discernimiento o participación.

UNIDAD, NO UNIFORMIDAD
No estamos por el caos ni la confusión teológica ni moral. Precisamente este reordenamiento este trasvasije en uno y otro sentido entre la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica podría contribuir a una mayor homogeneidad en una y otra. Se trata de que los anglicanos y que los católicos se sientan a gusto en la iglesia de la que se sienten parte y no lleven su fe como una carga que les duele y hasta les hace daño, llenándolos de frustración y hasta de encono, en circunstancias de que Jesús anuncia que ha venido para darnos vida, y vida en abundancia.

Existe, sin duda, el riesgo de que los cristianos tiendan a polarizarse en dos posturas extremas, lo que supuestamente dificultaría el acercamiento y la unificación entre ellos. Sin embargo, el primer peligro nos parece muy remoto y el segundo sólo es concebible si se tiene una visión muy autoritaria y monolítica de que lo es que la unidad de los cristianos.

Si tenemos una iglesia cristiana más rigurosa o fundamentalista y otra iglesia cristiana más abierta y dialogante con el mundo, lo más probable es que entre ambos polos se ubiquen múltiples confesiones que adopten combinaciones de estas posturas. Y que, al igual que sucede en el campo político, sean conservadores en determinadas materias y liberales o aperturistas en otras.

Ante los ojos del mundo el cristianismo se presentará entonces como una religión plural, y no como un bloque monolítico. Es que cuando Jesús rogó a su Padre que todos sus discípulos fueran uno, no debe haber tenido en mente abogar por la uniformidad que ofende el pluralismo, sino por la comunión en el espíritu. Y los cristianos en general pueden muy bien aprender a descubrir que las diferencias que existen entre ellos son propias de la naturaleza humana, con sus grandezas y miserias, y a distinguir entre lo que es esencial y lo que reviste un carácter accesorio.

Si el quehacer ecuménico deja de procurar la uniformidad y se encamina al respeto en la diversidad, el diálogo será más fecundo y redundará en un mayor respeto mutuo, sin perjuicio de cada quien conserve sus posturas, creencias, estilos o enfoques. El ecumenismo, la búsqueda de la unidad no se confundirá con el totalitarismo teológico ni litúrgico, ni, menos, con el avasallamiento de ninguna iglesia o comunidad religiosa, sino con la sincera valoración del aporte que hace cada congregación o credo tanto por el testimonio de vida de sus fieles como por sus experiencias intelectuales y espirituales.

En la conmovedora plegaria que pronunció la noche antes de su martirio, Jesús ora por sus discípulos y dice: “En esto conocerán los demás que ustedes son mis discípulos, en que se aman los unos a los otros”. No dice “en que ustedes piensan igual”; ni “en que se comportan todos de la misma manera”. Muchas personas experimentan esta vivencia: tienen amigos a quienes aman entrañablemente, pese a que los separan diferencias políticas, ideológicas, religiosas y hasta deportivas. Claro que es posible respetarse y amarse pese a las diferencias. Los cristianos debieran ser los primeros en testimoniarlo porque eso les pidió expresamente Jesús.

En definitiva, pues, la decisión generosa o la maniobra maquiavélica de la jerarquía vaticana respecto de la Iglesia Anglicana puede a la postre revelarse útil para el desafío que en verdad importa a los cristianos, cual es el anuncio del amor incondicional de Dios para todos los individuos, no importa su raza, sexo, condición económica o cultura



Comentario para “El “contragolpe” de los anglicanos”

  1. Joaquin Moliner Luján dice:

    En primer lugar sospechar que halla una maniobra maquiavélica de la jerarquía vaticana ya es ir de mala fe,prejuzgar intenciones o por lo menos sembrar dudas sobre una actuación generosa,muy generosa,( leanse todas las posibilidades que ofrece la nueva estructura ofrecida).Pensar que los correctos son los que aprueban el sacerdocio de mujeres o las relaciones plenas homosexuales,o la anticoncepción artificial ya es decantar la balanza,ya es decir “estos son los concordes a lo que es el Evangelio,porque así lo dice mi interpretación actual”.Por esto no estoy de acuerdo con el fondo del artículo,aunque se muestre algo “obamista” con aquello de pensar que los que nos oponemos a esas cuestiones vamos de buena fe.Si uno es católico ha de estar en comunión con el Papa y eso no es ser conservador,ni vamos camino de ser fundamentalistas,ni de frentes conservadores contra aperturistas ,ni nada por el estilo.Yo como católico sé que mi fe no se basa en la interpretación del teólogo de moda,como Hans Kung,que en su época fue criticado por teólogos católicos progresistas y competentes,por irse por un camino mas allá del catolicismo.La fe de Jesucristo es algo más serio,no es simplemente estar abiertos a problemas cambiantes.Veo muy bien lo que ha autorizado Benedicto XVI, y será utilizado por los anglicanos que lo deseen y quieran volver a su casa y dejen de llamarlos conservadores,fundamentalistas,integristas o anticuados y puedan vivir un poco mas libres y no con la boca callada.

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