“Caritas in veritate”, la progresión de una doctrina

“Caritas in veritate”, la progresión de una doctrina

A despecho de interpretaciones sesgadas, la Encíclica  es un llamado a cada ser humano en su calidad de persona individual, a abandonar el pragmatismo a favor de una conciencia moral bien formada. Y un llamado a la sociedad en su conjunto recordándole que “el problema decisivo es de tenor moral y global”.

Sergio Fernández Aguayo
Octubre de 2009

LA RECIENTE ENCÍCLICA de Benedicto XVI ha causado gran impacto, ya que rebasa el ámbito de saberes como la política, la economía o las teorías sobre la globalización, para entrar de lleno al debate filosófico y económico-social contemporáneo.

Inicialmente se quería conmemorar el 40° aniversario de la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, pero como afirma T. Williams, de la Universidad “Regina Apostolorum” de Roma, diversas dificultades, incluidas las deficiencias de los primeros borradores y el estallido de la crisis financiera mundial, atrasaron en dos años su aparición.  Durante ese tiempo seguramente hubo debate entre diversas propuestas de redacción, sobre las que sin duda el Papa debió pronunciarse y resolver en definitiva. No deja de ser sorprendente que los obispos latinoamericanos en el documento de Aparecida hayan abordado, hace tan poco tiempo, prácticamente todos los temas nucleares de la encíclica.

Con todo, la encíclica retoma los grandes temas de la Populorum Progressio, que subrayó la idea central del desarrollo humano integral, y que fue determinante para las actitudes de la Iglesia en los años 60, especialmente en América Latina y en Chile. No es posible imaginar las acciones emprendidas en aquella época por nuestro episcopado y especialmente por el Cardenal Raúl Silva Henríquez, en diversos planos, sin el claro respaldo de Pablo VI y sus enseñanzas.

Benedicto XVI nos reitera ahora la preocupación de la Iglesia por el desarrollo. Pablo VI nos había dicho “el desarrollo no se reduce al simple desarrollo económico”. Es decir no se remite meramente a la variación del PGB, principal guarismo que concita la preocupación de los medios y las instituciones financieras. “Para ser auténtico debe ser integral, es decir promover a todos los hombres y a todo el hombre” (PP.14)

A todos los hombres: es decir no hay verdadero desarrollo cuando algunas naciones o regiones de un país se desenvuelven y progresan en desmedro de otras que se estancan o retroceden. Y a todo el hombre, es decir, no hay verdadero desarrollo cuando se preferencia las variables meramente económicas, por sobre las sociales y culturales. Se refiere también al hombre en todas sus etapas desde el nacimiento hasta su muerte. Pablo VI afirmó al mundo en aquella época que “el desarrollo era el nuevo nombre de la paz” y su llamado sigue vigente.

Benedicto XVI nos reitera ahora que el progreso material nunca puede ser el único indicador del auténtico desarrollo humano. Como es habitual el Papa nos dice que “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer”, pero aboga por una mayor humanización de los mercados económicos, de los regímenes políticos y de las asociaciones de todo tipo que configuran la vida social.

La Encíclica es un llamado a cada ser humano en su calidad de persona individual, a abandonar el pragmatismo a favor de una conciencia moral bien formada. Y un llamado a la sociedad en su conjunto recordándole que “el problema decisivo es de tenor moral y global”.

La Encíclica es un paso adelante en la elaboración de la Doctrina Social de la Iglesia, que no es sino la sabiduría práctica que surge de la inspiración cristiana actuando en el mundo. Lo que le permite emitir un juicio sobre las condiciones que posibilitan el desarrollo y sobre las disfunciones de la actual globalización.

Naturalmente hay muchos párrafos que leídos aisladamente, podrían ser usados para apoyar una amplia variedad de proposiciones, incluyendo posiciones opuestas. Siempre ha sido así. De allí la importancia de dar una visión global y de síntesis del pensamiento pontificio, para que no se caiga en las interpretaciones sesgadas que podrían darse.

UNA TEORIA GLOBAL
Benedicto XVI nos ofrece una “teoría crítica de la sociedad”, es decir, una revisión de algunos de los más importantes supuestos que sostienen la actual configuración del mundo global. No se parte aquí de una pretendida capacidad del hombre para redimirse y emanciparse a sí mismo, sino del concepto que el ser humano no se desarrolla con sus propias fuerzas sino que requiere ser ayudado desde un horizonte mayor, que lo trasciende. En cierta forma ensancha el horizonte de la razón humana.

La historia ya ha demostrado, y actualmente con especial énfasis, que no es posible construir el orden nacional e internacional a partir de premisas puramente instrumentales, en al ámbito del Estado y del mercado. La vía para corregir el rumbo estaría en la introducción de una lógica diversa.

Benedicto estima que tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países comunistas y el fin del sistema bipolar, hubiera sido necesario un replanteamiento total del desarrollo. Esto ocurrió muy parcialmente, más aún se fortalecieron los criterios de la economía de libre mercado, debilitándose el rol de los poderes públicos.
Cuando dos sistemas están en competencia, nada determina fatalmente que el colapso de uno lleve al triunfo del otro ¿No pueden acaso fracasar ambos? La derrota de Espartaco no fue suficiente , en el largo plazo, para salvar el Imperio Romano.

Para todos quienes se oponían al comunismo, al colectivismo, al totalitarismo, como males absolutos, la conclusión se imponía, el capitalismo se encontraba moralmente justificado por su oposición a este mal absoluto.

Hoy día el mundo parece no tener otra alternativa al sistema económico llamado también occidental, que goza de una especie de monopolio ideológico. Dicho sistema no necesita un sentido para funcionar, pero las personas y las civilizaciones sí lo necesitan. ¿Tiene Occidente actualmente algo que proponer al mundo? ¿Cree en su propio sistema de valores para defenderlo? ¿O sólo impulsa a las personas a producir y a consumir, a dedicarse a los negocios y esperar la muerte?

Frente a estas grandes dudas, la Encíclica plantea una nueva racionalidad, que debería tener como eje sustantivo la gratuidad, la responsabilidad social, la distribución equitativa de la riqueza, la capacidad para innovar incluso en las formas actuales de las empresas y del Estado.

Benedicto nos invita a superar la obsoleta dicotomía entre la esfera de lo económico y la esfera de lo social, según la cual para operar en el campo económico es indispensable buscar primordialmente las utilidades y moverse por el interés propio. Quien no persiga la maximización del beneficio no sería auténticamente un empresario y debería pasar al campo de lo social.

Esta conceptualización confunde la economía de mercado con el sistema capitalista, ha llevado a identificar lo económico con la producción de rentabilidad y lo social con el lugar de la solidaridad o la distribución equitativa.
La Encíclica nos dice que hay también empresa cuando se persiguen fines de utilidad social y se actúa por motivaciones sociales. Una gestión económica que no incorpora la dimensión de lo social no sería éticamente aceptable, como también es verdad que una gestión meramente distributiva a la larga no sería sostenible.

Por otra parte, la Encíclica analiza las causas profundas - no sólo las causas próximas - de la crisis actual. Se refiere al cambio radical entre finanzas y producción de bienes, que se ha consolidado en las tres últimas décadas. Las presiones sobre las empresas por mayor rentabilidad a corto plazo, sobre los consumidores para que compren cada vez más, aún sin poder adquisitivo, han repercutido sobre todo el sistema económico, hasta convertirse en un auténtico modelo cultural. Analiza también la difusión del ethos de la eficiencia, que ha acabado por legitimar la codicia como una especie de virtud cívica. Por último, se refiere a la especificidad de la matriz cultural apoyada en la ola globalizadora y la tercera revolución industrial/infotelemática.

Del análisis surge el convencimiento que la crisis financiera no se debió considerar como inesperada e inexplicable. Y lo que es más delicado, difícilmente se podrá impedir que surjan en el futuro episodios análogos, si no se interviene sobre la matriz cultura que sostiene el actual sistema económico.

UNA NUEVA ORIENTACION CUTURAL
El Papa nos indica que las soluciones meramente técnicas nunca pueden ser suficientes, y denuncia - por ejemplo - el derroche de las burocracias internacionales. A su vez reconoce nuevas experiencias importantes para una sociedad más justa, en materias de comercio justo, microfinanzas, cooperativas, economía solidaria y de comunión, que muestran la viabilidad de un camino. Señala - por último - que hay que esforzarse incesantemente por favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia.

El Papa no cree necesario explicar que entiende por cultura personalista y comunitaria, porque sin duda se refiere a la elaboración del pensamiento social cristiano de las últimas décadas.

Naturalmente la encíclica no alude a la cultura en su acepción restringida, intelectualista, de saber superior. Cultura significa aquí el complejo de valores, símbolos y comportamientos de una sociedad. En la nuestra, el modelo cultural que se impone es sin duda individualista, consumista y depredador de la naturaleza.

Fueron Emanuel Mounier y Jacques Maritain quienes primero hablaron del ideario “personalista y comunitario”, como expresión de una filosofía de la persona y de un concepto cabal de la sociabilidad humana.

En su texto titulado “Confesión de fe”, Jacques Maritain afirmaba …”….lo que necesitamos, no me canso de decirlo, es una nueva solución, una solución que sea, al mismo tiempo personalista y comunitaria, una solución que entienda la sociedad humana como una organización de libertades. De este modo llegamos a la concepción democrática… nosotros la llamamos pluralista, porque requiere que el cuerpo político garantice orgánicamente las libertades de las diferentes familias espirituales y de los diferentes organismos sociales…”

La noción de persona constituye por sí misma una herencia tanto cultural como espiritual de la humanidad. “El hombre - escribe Maritain - se encuentra a sí mismo al subordinarse al grupo” (Los derechos del hombre y la ley natural, N.York 1942). Pero “el grupo no consigue su finalidad sino en la medida en que sirve al hombre y siempre que reconozca que el hombre guarda secretos que escapan al grupo y tiene una vocación que va más allá del grupo.
Es que “la persona es la parte de absoluto que hay en el hombre y también de sagrado”. Por lo mismo no hay sociedad sino para la persona y la persona como fin último es trascendente a toda sociedad.

El personalismo se presenta como un doble rechazo, en primer lugar del individualismo que disuelve la sociedad en la anarquía o en la ley de la jungla en beneficio de los más fuertes, y luego de las teorías de la razón de Estado y los diversos tipos de totalitarismos.

La persona es más persona en la medida en que cumple una vocación comunitaria y la comunidad a su vez es mejor cuando personaliza al ser humano. Es preciso reconocer que entre comunidad y persona habrá siempre una cierta tensión que es preciso asumir y sobrellevar. ¿No es ese acaso un eje de la tarea y vocación política?

BIEN COMUN, JUSTICIA SOCIAL Y DEFENSA DE LA VIDA
En nuestros días el bien común ha dejado de ser en definitiva el bien común de la nación y cuando se habla de bien común es preciso entender “el bien común de la sociedad civilizada en su conjunto, es decir, la humanidad considerada globalmente”.

Las economías que hoy están fracasando se resisten a admitir en el seno de su propio ámbito orientaciones de orden moral. ¡Es absurdo que una teoría del valor en economía prescinda de la existencia de valores morales! Hay que recordar una potente intuición de Juan Pablo II: toda decisión de inversión, de producción o de consumo posee una ineludible dimensión moral.

Benedicto XVI retoma también la fuerte declaración de 1995 de Juan Pablo II sobre los temas de la vida, que a veces se interpretó como un abandono de la preeminencia que las encíclicas sociales habían dado al tema del trabajo humano. Pero hay que recordar que Karol Wojtila escribió de su puño y letra la encíclica “Laborens Excersens”, justamente sobre esa temática primordial.

Parece ser que Benedicto XVI busca hoy día evitar la división de los católicos entre quienes se hacen paladines de la justicia social y quienes abogan casi exclusivamente por la defensa de la vida, en su etapa inicial. Está claro que la comprensión católica de la política no se identifica con el Estado liberal ni con la mera presencia de ciertas elites católicas en espacios de poder.

Sin una base de pensamiento riguroso, la acción política y económica se realiza sin sentido, sin dirección, como puro activismo, que no va más allá de intereses mezquinos de búsquedas de poder. Colaborar verdaderamente en la gestión del bien común, se mide más en términos de desarrollo que de triunfo electoral, más en términos de servicio a los más débiles que de activismo.

 UNA GLOBALIZACIÓN MAS HUMANA
“Una sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos” afirma Benedicto XVI y ha insistido en la necesidad de una verdadera autoridad mundial, lo que algunos ven como peligroso, temiendo caer en un nuevo totalitarismo a gran escala.

Sin embargo, la Encíclica que nos habla del “estallido de la interdependencia planetaria”, nos dice que no es posible darle gobernabilidad a la globalización sin no se comienzan a construir las bases para una nueva civilización, para una nueva Res pública mundial, que no debe ser un super-Estado totalitario, sino una nueva manera de construir las relaciones internacionales, a partir de una “gramática de la acción”, - como decía Juan Pablo II.

Aquí también fue el filósofo católico Jacques Maritain, en los primeros años de la post guerra, quien tuvo la audacia de exponer la visión de una “unificación política del mundo”, lo que correspondería en el lenguaje de hoy a las dimensiones políticas de la globalización.

Empleando un vocabulario tomista, Maritain se dio cuenta que los Estados modernos estaban a punto de perder el estatuto de “sociedades perfectas” , puesto que cada uno actuando por su cuenta parecían incapaces de instaurar la justicia social interna y asegurar la paz entre ellos. “Es la sociedad internacional la que debe en adelante llegar a ser sociedad perfecta en virtud de exigencias no solo morales sino también plenamente jurídicas”. Se trata de que los diversos países “cuerpos políticos particulares”, en el lenguaje de Maritain, lleguen a sentirse partes de un todo político organizado, y en consecuencia acepten sus obligaciones para con ese todo.

Benedicto XVI desea que se de concreción real al concepto de “familia de naciones” y por eso, en presencia de una recesión de carácter mundial, no duda en destacar la urgencia de la reforma tanto de la ONU como de la arquitectura económica y financiera internacional.

Leer, analizar, difundir, poner en práctica las acciones que emanan del mensaje del actual Pontífice, será una tarea indispensable para quienes quieren comprender el mundo actual e influir en su orientación desde una perspectiva cristiana.



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