Parábola del buen agnóstico

Parábola del buen agnóstico

Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones,
los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.
Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.
Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.
Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él,
y viéndole, fue movido a misericordia;
y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino;
y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.
Al otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo:
Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.
Del Evangelio de Lucas

Los cristianos deben dar testimonio de su fe y convicciones, pero sin olvidar nunca el ejemplo del Buen Samaritano, con cuya parábola Jesús dejó en claro que el criterio clave para los cristianos ha de ser, siempre, la humanización de la existencia, hacerla más digna de vivirse, más llena de amor y misericordia, aun a riesgo de ser acusados de relativismo moral

Mario Cervera, joven biólogo, teólogo y educador
Adaptación de una columna tomada del excelente portal español Atrio

 

“Una joven mujer bajaba de Jerusalén a Jericó, huyendo de su marido, con el que la convivencia estaba resultando imposible. Éste consiguió alcanzarla y después de desnudarla y golpearla, se dio a la fuga dejándola medio muerta. Pero consiguió salvarse y, tras divorciarse de su marido, comenzó después a recuperarse también anímicamente.
Un par de años después conoció a un hombre que le hizo volver a creer en el amor de pareja, por lo que sintió la mujer más feliz del mundo cuando al cabo de unos meses él le propuso compartir la vida y formar una familia.

Por entonces  se cruzó en el camino de la mujer un sacerdote, al que ella decidió pedir consejo. Era un hombre bueno, aunque bastante apegado a las normas, que le escuchó con amabilidad y entendió su situación. Se notaba entristecido cuando le señaló: “A pesar del sufrimiento que has experimentado, de la necesidad de la separación y de tus necesidades afectivas actuales, no puedes olvidar que el matrimonio católico es indisoluble. Aunque haga tiempo que ya no vivan ustedes juntos, el vínculo con tu marido persistirá hasta que la muerte de alguno de ustedes dos lo rompa. Le tienes entonces que imprimir sentido a tu soledad, desde la fidelidad a tu compromiso matrimonial. Seguro que Dios te dará las fuerzas necesarias para ofrecer tus luchas y vivir con sentido tus renuncias, ya que es Él mismo quien te lo pide”.

Poco después se cruzó en el camino de esta desconcertada mujer un experto en derecho canónico (levita), quien le reiteró: “Tu matrimonio sigue existiendo mientras no haya sido anulado por un tribunal eclesiástico. Mientras ello no ocurra, si es que llega a suceder algún día, no tienes derecho a armar otra pareja ni formar otra familia. Es la voluntad de Dios, que tú decidiste cumplir cuando te comprometiste ante el altar. Tu vida matrimonial se habrá extinguido, pero no el matrimonio. La vida conyugal puede acabar cuando se agota el amor, pero el matrimonio es un vínculo en Dios, que es indisoluble”.

La mujer partió un mañana de primavera a una entrevista con un sicólogo agnóstico, quien la escuchó atentamente e hizo algunas preguntas discretas antes de entregar su opinión. No le habló de ninguna norma, ni de la voluntad de Dios. No enfocó la decisión de la mujer como una cuestión entre elbien y elmal, como algo fijado de antemano en función de una “ley”. Al final, considerando la fe católica de la consultante, le sugirió: “elige el camino que creas que te va a humanizar más, que va a hacerte crecer. Sigue tu conciencia, desde tus convicciones humanas y religiosas. Sin duda puede haber trampas cuando decidas: puedes engañarte y creer que tu nueva vida afectiva es de verdad humanizadora, y no ser así; pero tienes que ser tú la que decidas en conciencia. Elige la opción que te haga dar más vida a tu alrededor, en ti misma. Las dos opciones pueden ser buenas si las decides con madurez y te llevan a ser “un tú en mejor”.

La mujer sintió que el buen sicólogo le había vendado las heridas. Ella sentía su corazón sereno, agradecido, reconstruido, ungido.

La mujer decidió en conciencia formar una nueva familia, teniendo una vida estable, feliz, solidaria. Esa fue su “posada”, que el sicólogo agnóstico le había hecho descubrir. En la posada, la familia fue aumentando con los años: tuvieron unos hijos buenos, que contribuyeron a hacer de este mundo más humano”.

UNA PROVOCACION SALUDABLE
Esta adaptación de la parábola del buen samaritano puede sonar un poco demagógica a algunos, ya que hace caricatura de un tema que es más complejo, con el peligro añadido de meter injustamente “en el mismo saco” colectivos que no se identifican con los personajes de la historia, ni con sus frases. Pero sirva la provocación (y este comentario) para hacer reflexionar.

A veces las convicciones religiosas no son generadoras de humanidad. Todos tenemos mucho que purificar en ellas. Sobre todo cuando se presentan maniqueamente dos alternativas: una, como la buena (la que sigue la “ley eclesiástica”) y la otra como la mala (la que no la sigue). Se elimina así la posibilidad de un discernimiento real, en el que la persona pueda ver dos opciones como “buenas” (o posiblemente buenas) y elija la mejor (o la menos mala), la que genere más vida.

En el caso en cuestión, no pocos enfoques juzgarían la decisión de la mujer como un “no valorar” el matrimonio o el compromiso inicial, o (peor aún) como dar la espalda a Dios. En el ejemplo, la mujer no es que no valorara el matrimonio, sino que valoró más una vida mejor. ¿Cambiaría el enfoque visto así?

En todo discernimiento, evidentemente, intervienen muchas variables, incluidas las trampas, por supuesto. Por eso hay que discernir con cuidado. Pero no creo que sea adecuado plantear la cuestión, de entrada, desde “esta opción es imposible”, y menos aún apelando a la “voluntad de Dios”, como algo ya establecido.

Todo discernimiento se tiene que realizar con madurez, respetando la decisión personal de la persona, sin “cargarle” con leyes que ‘sólo’ se explican desde el mismo sistema religioso, y a veces acaban culpabilizando aún más. Las ‘leyes’ de cualquier sistema religioso deben ser siempre una ayuda para iluminar siempre en positivo -y no una carga adicional- las conclusiones a las que llegue cualquier persona que esté fuera del propio sistema religioso. De lo contrario, estaríamos diciendo que el sistema religioso no ofrece directrices razonables, sino artefactos del sistema.

El criterio de toda decisión es “hacer el bien y evitar el mal”, lo que se concreta en un “ser más humano”, más auténtico, un “yo en mejor”. Evidentemente no siempre es la decisión más fácil la que hay que tomar. Para eso hay que analizar despacio cada situación, según circunstancias. Una visión en la que se descarta, de entrada, una de las opciones, merece sospecha: puede ser legalismo, no admite el conflicto de valores.

Aún así, si alguno está convencido de que en conciencia tiene que dar a conocer la “norma”, para evitar el laxismo o relativismo y la subjetividad que educan en un “amor a la carta” (o en una falsa humanización), habría que recordarle la famosa frase de San Juan de la Cruz: “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Incluso, ante decisiones que aparentemente parecen inmorales, hay que ser prudente y analizar si se crece en el amor. Con frecuencia se crece bastante más que siguiendo simplemente “la norma”. Por otro lado, decidir en conciencia no significa quitar valor al camino que dejas, sino darle más valor a otro valor, que se ha visto como más importante.

Las religiones, en su discurso más institucional, a veces favorecen o dan una imagen mucho más “levítica” o “sacerdotal” que “samaritana” (usando los personajes de la parábola original). Y bastantes miembros parecen reproducir esta imagen (por formación, insistencias, maneras de entender la fidelidad a la institución, etc). Si prestamos atención, el sacerdote y el levita dieron un rodeo, sin ayudar al hombre que había sido agredido. Lo curioso es que lo hicieron, precisamente (eso es lo trágico), por seguir sus convicciones religiosas: ir al templo, seguir sus cánones de pureza… Pero ¿eran realmente humanas y humanizadoras estas convicciones, que dejaron al hombre medio muerto al borde del camino? ¿Cuánto tenían de ideología esas convicciones? Pensar que el cristianismo hoy es, en la práctica, más “samaritano” que “levítico” o “sacerdotal”, es mucho decir. Basta el ejemplo del relato de la mujer. Podemos analizar también las insistencias sacramentales, morales en determinados temas, y ver cómo descuidamos otras más sociales o solidarias (samaritanas).

No sólo las posturas institucionales parecen a veces menos samaritanas, sino que en el día a día parece que no pocos sacerdotes, laicos, consejeros espirituales, caen en esta tentación. A estas personas les invitaría a estudiar más psicología y menos “doctrina” (no exenta de ideología). Y a que sospechen de consejos que ‘sólo’ se explican desde el mismo sistema religioso, como decíamos. Porque Dios no puede añadir ‘nada’ que no coincida con un camino humanizador y en el que impere el sentido común, sin cargas añadidas.

La preocupación levítica o sacerdotal es una tentación bastante común. ¿Cuántas madres católicas, por ejemplo, están preocupadas porque su hijo no va a misa, y no se preocupa si su hijo no ayuda a los pobres? ¿Cuántas familias y comunidades religiosas se sienten cristianas, cuidan su vida sacramental, pero descuidan su vida “samaritana”, de ayuda a los necesitados?

RELATIVISMO MORAL Y DISCERNIMIENTO
Precisamente son los elementos “samaritanos” los que deberían predominar en toda religión, tanto en su dimensión más institucional como en la dimensión más personal.

Es evidente que así fue la vida de Jesús: nada levítica, nada sacerdotal, “todo samaritana”. Y no es casualidad que estos elementos “samaritanos” sean los más universales (a un budista no le sale ir a misa, como es normal, pero se conmoverá al ver a una persona medio muerta el borde del camino, o a la gente que cada día muere por las consecuencias del hambre). Los otros son “añadidos” válidos, humanizadores si el sistema lo es, constitutivos de cada opción, pero sabemos que mal entendidos pueden “restar humanidad”. Basta el ejemplo: ‘sólo’ un ‘levita judío’ daría un rodeo por no tocar alguien supuestamente impuro;  ‘sólo’ un ‘sacerdote judío’ dejaría al hombre medio muerto por sus prisas para cumplir con su obligación religiosa en el templo. Sin embargo, sabemos que Jesús puso boca abajo la concepción del “hombre religioso”, al mostrar que el ‘más religioso’ es el misericordioso, el más prójimo (el samaritano).

Quizás muchas personas agnósticas o ateas, o cristianos tachados de “relativistas”, actúen con más misericordia y sentido común que otros cristianos más institucionales. Y no porque sean mejores personas, sino porque sus convicciones se centran más en la persona que en la ley, en la humanización que en el cumplimiento. El hecho de no apelar a la voluntad de Dios (y menos como algo pre-establecido) les hace situarse ante la realidad de la persona en su camino de esperanza y reconstrucción, sin condicionamientos “caídos del cielo”. Eso les permite vendar las heridas sin prejuicios, legalismos, ni “rodeos”. Les permite cargar al herido y facilitar “lugares de reposo”.

Evidentemente, no tenemos que renunciar a nuestras convicciones cristianas, a nuestras mediaciones. Pero tenemos que ajustarlas y revisarlas, para que el criterio humanizador, misericordioso, samaritano, sea siempre la realidad principal. El miedo al relativismo moral o al laxismo no tienen que asustar, ya que pueden alimentar injustamente la actitud levítica o sacerdotal, actitud ante la cual la sociedad y un gran sector cristiano están diciendo “basta”. Y el “basta” se comprende: la actitud samaritana es fácil de explicar y es reconocida como universal; en cambio, para dar razón de la actitud levítica y sacerdotal hacen falta “dar muchos rodeos” y apelar a una supuesta voluntad divina, incurriendo no pocas veces en evidentes faltas de misericordia.



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