Proliferación de casos de menores que se involucran en conductas antisociales o delictuales desata la histeria de ciertos sectores o torpes respuestas estatistas, mientras líderes de las distintas iglesias desaprovechan oportunidad de reivindicar el papel de los padres y la necesidad de una formación religiosa o valórica no sectaria
Raúl Gutiérrez V., editor de creyentes.cl
Agosto de 2009
CHILE ESTA EN problemas con sus niños. El número de menores de 14 años ha venido en sostenido descenso desde hace décadas, a consecuencia de la exitosas políticas de regulación de la natalidad; pero a pesar de que nunca antes en la bicentenaria historia del país los niños habían significado un porcentaje tan bajo de la población, ellos están suscitando problemas crecientes al país. Muchos padres se quejan de la rebeldía que encuentran en sus hijos para enrielarlos por la buena senda, en tanto que otros, que en su mayoría carecen en la práctica de progenitores, se convierten en delincuentes cuando les faltan años todavía para acceder a la pubertad.
De otro lado, al término de los ocho años de la educación básica formal, un elevado porcentaje de escolares no sabe ni leer ni escribir ni desarrollar las cuatro operaciones matemáticas básicas, lo cual los inhabilita como protagonistas del aprendizaje permanente, imprescindible en el siglo XXI, y anticipa que la enorme brecha de equidad que afecta al país seguirá sin variaciones durante varias décadas, por lo que nuestra pretensión de convertirnos en una economía competitiva a escala planetaria no pasa de ser un chiste.
Varios son los factores que están influyendo en el mal rendimiento de los escolares de los estratos pobres, así como en el incremento de las conductas antisociales y hasta delincuenciales de niños de todos los sectores, incluidos por cierto los de familias pudientes, anticipo de que la delincuencia juvenil se tornará más agresiva y masiva en el futuro próximo. En las barriadas pobres de nuestras ciudades, la masificación del consumo de alcohol y de drogas constituye un fenómeno que malea desde muy tierna edad a los niños, que son usados como peones en el tráfico y a menudo comienzan desde entonces a convertirse en adictos. De allí a la deserción escolar y al inicio de la vida delincuencial hay poco trecho.
Las causas de fondo radican en la disolución de los vínculos familiares, en una publicidad científicamente diseñada que promueve un materialismo exacerbado y una moral de conveniencia, según la cual el fin justifica los medios, la responsabilidad personal es un concepto incomprensible y la violencia constituye un instrumento legítimo.
Esta moral relativista se articula de maravillas con el consumismo y el individualismo, generando conductas que ponen en creciente peligro la vida en sociedad. Los jóvenes y niños que participan a diario en asaltos o que se involucran en la maquinaria de distribución de drogas pueden ser considerados casos extremos distan de ser una pequeña minoría, pero los que se muestran incapaces de un gesto de cortesía o amabilidad, los que recurren a cualquier artimaña para que se equipo gane un partido, tratan con desdén y hasta crueldad a los más débiles, manifiestan indiferencia ante el dolor ajeno y destruyen o contaminan lo que encuentran a su paso son por desgracia millones.
Habrá quienes atribuyan todo este drama social y de inseguridad colectiva al quiebre de la familia. Pero en verdad los pobres en general siempre han carecido de familia. Tener un hogar bien constituido y sobre todo un papá ha sido siempre un privilegio de los estratos medios y altos. Desde que Chile empezó a ser Chile, los huachos han hecho nata en el campo, los conventillos y barrios marginales, realidad contra la que nada ha podido el ingenioso expediente de decidir por ley la abolición de los llamados “hijos naturales”. Lo que es cierto es que el quiebre de los hogares, que hasta hace algunas décadas era un fenómeno escaso en los estratos medios y altos, ha terminado por democratizarse y ahora la excepción la constituyen los matrimonios que permanecen por décadas unidos.
Muchos de los niños problemáticos, que protagonizan o anticipan conductas antisociales o delincuenciales provienen sin duda de estas familias quebradas. De allí proceden, por ejemplo, el grueso de los consumidores de cocaína y muchos de los jóvenes ebrios o drogados que con monótona regularidad se matan y matan a otros en accidentes del tránsito o riñas callejeras..
MANO DURA Y PROGRESISTAS
El desasosiego y el temor ante la proliferación de casos de niños que adoptan conductas antisociales y a veces francamente delincuenciales lleva a un considerable y cada vez mayor de ciudadanos a exigir mano dura, lo que se debiera traducir en rebaja, a 12 e incluso 10 años, de la edad en que los menores pueden ser imputados penalmente ante los tribunales y la instalación de reformatorios donde los niños reciban un trato marcado por la severidad, a ver si de esa forma logran rehabilitarse, proceso en el que muchos ciudadanos depositan muy escasa confianza.
Otras voces, que se precian de ser más progresistas, aseguran que el país caería muy bajo si construyera cárceles para niños, mostrándose partidarios, en cambio, de un despliegue mucho mayor del aparato estatal, a fin de ir al rescate de esos niños en problemas. Albergan pues la esperanza de “reconvertirlos” mediante la ayuda de una falange de psicólogos, orientadores, psiquiatras, trabajadores sociales, profesores, etc.
Curiosamente, las iglesias han exhibido un muy bajo perfil en este debate, que amenaza con instalarse por largo tiempo en la sociedad chilena y que parece constituir uno de los síntomas de la modernización, ya que se asemeja al que se da en diversos países del mundo, partiendo por los llamados ricos o industrializados. Si los líderes de las iglesias actuaran en forma conjunta, olvidando pequeñeces y rencillas incomprensibles a los ojos de los ciudadanos comunes, podrían hacer un aporte muy valioso en la búsqueda de fórmulas para encarar este desafío urgente y dramático. Ello exige, claro está, poner en evidencia la falta de realismo o el ideologismo sectario de los proyectos con que diversos grupos y líderes políticos pretenden enfrentar el problema. Pero si las iglesias callan por oportunismo político o falta de espíritu profético, no sólo estarán infligiendo un daño al país, sino que traicionando la esencia de su misión.
LO QUE EL ESTADO NO PUEDE DAR
Todo puede esperar, menos el niño, sentenció esa maestra sabia a la que Chile le quedó chico y que se llamaba Gabriela Mistral. Podemos alegrarnos al comprobar que los piececitos de niños azulosos de frío que a ella le conmovieran casi un siglo atrás constituyan un espectáculo que casi no se ve en nuestro país y que la mortalidad infantil haya caído a pique, de modo que los velorios de angelitos son una tradición que se perdió en el tiempo. Incluso la desnutrición infantil quedó atrás, al punto que ahora uno de los principales desafíos de la salud pública lo configura la obesidad infantil.
Pero lo que más necesitan nuestros niños es amor y atención, primero, claro, de sus padres, de ambos, estén ellos juntos o se hayan separado. Y también, por cierto, de los adultos en general, partiendo por parvularias, profesores, sacerdotes, policías, choferes. Hay amplia evidencia en cuanto a que un niño que es tratado con respeto y cariño, se desarrolla mejor, aprende más, es más feliz. Ahora bien, respetar y querer a un niño no significa en absoluto permitir que se convierta en un pequeño tirano, al que se le permita hacer lo que se le antoje. Por el contrario, los expertos coinciden en que los niños requieren que los adultos les rayen la cancha, les inculquen valores que nos hacen mejores y los sepan conducir con mano firme, aunque siempre con cariño y ternura.
Al Estado de Chile y su institucionalidad tienen los ciudadanos el derecho a exigir que destine recursos suficientes y diseñe políticas adecuadas para proteger y potenciar el patrimonio más valioso de que dispone el país. Carece de sentido acumular excedentes financieros en bancos extranjeros, si miles de nuestros niños sufren necesidades apremiantes que comprometen su futuro. En tal sentido, sigue constituyendo un escándalo que la subvención que se entregue por escolar que concurre a una escuela municipalizada no llegue, en vísperas del Bicentenario como país, ni a la mitad del mínimo requerido y sea entre un vigésimo y un décimo de lo que cuesta un alumno en un colegio particular de categoría.
Un país que se precia de estar en camino hacia el desarrollo y de disponer de una poderosa red de apoyo social debiera incrementar sustancialmente el gasto público en educación. La demora en avanzar en tal dirección representa un verdadero pecado social, máxime en un país que viene desde comienzos de la década gastando miles de millones de dólares en renovar su equipamiento bélico. El silencio de los líderes religiosos ante el armamentismo de nuestro constituye un escándalo que clama al cielo.
Pero ni el Estado ni el Gobierno pueden entregar formación, orientación ética, afecto, ternura, cariño a nuestros párvulos y niños. Cuando intenta reemplazar a los padres, cuya autoridad ha denigrado y envilecido, simplemente hace el ridículo, incurriendo en groseras ineficiencias, cuando no cae en la corrupción. Al final, buena parte del mayor presupuesto destinado supuestamente a atender a los niños en mayor riesgo social irá a parar al pago de asesorías que engrosarán el bolsillo de unos cuantos, mientras los centros de acogida seguirán debatiéndose en medio de una patética estrechez de recursos materiales y humanos.
¿Y LOS DEBERES?
Ya el Estado y la clase política vienen cometiendo desde hace largo tiempo un error grosero en materia de formación moral de las nuevas generaciones, lo que arroja severas dudas acerca de su capacidad para encauzar a nuestros niños y jóvenes para que puedan vivir vidas más plenas como individuos e integrantes de una sociedad pluralista, cuyos miembros deben ser tratados todos con respeto.
Se habla, en efecto, de los derechos del niño, lo que resulta digno de aplauso, en un medio en que podemos ver muchos piececitos azulosos de frío, tanta violencia criminal ejercida contra el más débil, tanta marginación de las posibilidades de progreso material y humano… Pero nunca los derechos deben ser proclamados en ausencia de deberes. Unos y otros son como el anverso y reverso de una moneda. Cuando por halagar a un sector, cualquiera que fuere, se olvida mencionar los deberes a que están obligados, se incurre en una distorsión que la sociedad pagará caro, tarde o temprano.
Desde hace tiempo prevalece en muchos hogares la falsa idea de que a los niños no debe enseñárseles con claridad la diferencia entre el bien y el mal, que no debe corregírseles ni castigárselos cuando actúan en forma indebida. Esa postura está en la base de los problemas de delincuencia y de conductas antisociales que proliferan en nuestras ciudades y tornan la vida cada vez más invivible.
Sólo una visión que en el fondo menosprecie a los niños puede creer que éstos son incapaces de entender que ellos tienen también deberes. El cariño y el respeto de los menores no se debe comprar con golosinas baratas, sino que con una actitud coherente. Los adultos no estamos en este mundo para halagar a nuestros niños, sino para cuidarlos, protegerlos, guiarlos, inculcarles los valores en los que buenamente creemos, tratar de prepararlos a la vida. El amor debe ir de la mano del rigor. La ternura, acompañada de la exigencia. Es una tarea difícil y a menudo ingrata pues la vida real tiene poco que ver con la ficción azucarada de los spots televisivos y los anuncios publicitarios en general.
Buena parte de esa ingrata tarea que asumen los padres de veras responsables obedece al afán de enseñar a sus hijos que los derechos, tanto dentro del hogar como fuera él, van de la mano con los deberes.
Las iglesias en general deben ir en apoyo de la gran mayoría de padres, que quieren ayudar a sus hijos a convertirse en buenas personas, que entienden que antes que los logros académicos, lo importante es preparar a sus hijos para ser personas de corazón generoso y conducta correcta.
PLANTEAMIENTOS REDUCCIONISTAS
Los partidos y líderes políticos muestran escasas luces porque no sólo han propiciado este trato que pone el acento en los derechos, olvidando los deberes, sino que ahora promueven fórmulas que se basan en enfoques reduccionistas de los niños, como si se tratara de animalitos de circo que deben ser entrenados desde cachorros para comportarse bien y servir los intereses de sus amos, vale decir los que controlan la economía chilena.
Así, uno de aquellos líderes, poderoso empresario y católico por añadidura, considera que la clave está en enseñar inglés a los niños desde la más tierna infancia. Si logramos que las nuevas generaciones sean bilingües esteremos al otro lado como país. Desaparecerán la agresividad, la tendencia al consumo de alcohol y a la ingesta de drogas. En las barriadas pobres los niños se dedicarán a jugar y a estudiar, al igual que los adolescentes. Será un mundo feliz, conducido por la mano invisible de las leyes del mercado.
Otro líder político de primera categoría, que también se confiesa católico, cree que la clave está en el deporte. Hay que incrementar las opciones para que los niños y jóvenes hagan gimnasio y deportes. Este señor parece ignorar que en los villorrios rurales y en las poblaciones, las pichangas son excusas para periódicas tomateras y que los partidos del fútbol profesional están acompañados de manera permanente de acciones vandálicas y de enfrentamientos entre barras, todo lo cual no contribuye por cierto a la formación ética de niños y jóvenes.
Pero ahí están los partidos y líderes políticos, promoviendo, para encarar el desafío que nos plantean nuestros niños y jóvenes, una mayor participación de un Estado, mediante la ampliación y diversificación del Servicio Nacional de Menores. Insisten en la solución estatista, pese a que el Estado de Chile sigue ofreciendo a diario muestras de su ineptitud y corrupción. O propician fórmulas que olvidan que los niños son, aunque de estatura inferior a los adultos, personas integrales, dotadas de intelecto y espíritu, necesitadas de valores en torno a los cuales anclar sus vidas.
LA VOZ DE LAS IGLESIAS
Obispos y pastores, sacerdotes y rabinos, ancianos y diáconos, podrían levantar la voz y señalar a la clase política que nadie puede reemplazar a los padres en la tarea de formar a sus hijos, pero que es preciso tener en cuenta que muchos de ellos están perplejos y no saben cómo hacerlo. Debido a la prédica consumista y a la persistencia de salarios o asignaciones familiares muy exiguos, en la mayoría de los hogares que cuentan con padre y madre, ambos trabajan y los niños pasan muchas horas solos. Los jardines y las escuelas no siempre pueden brindar un trato personalizado y a menudo están en huelga o carecen de recursos. Así, en la práctica, la educadora de nuestros niños es básicamente una televisión cuyo único dios es el rating y que difunde una publicidad que no trepida en nada para lograr sus propósitos.
La imagen paterna, la de los papás, se visto severamente disminuida y maltrecha en las últimas décadas, a causa principalmente de la embestida de feministas extremistas, las que han logrado posiciones muy influyentes en el aparato estatal. La lucha por la igualdad de derechos de las mujeres se ha visto distorsionada por un discurso casi de odio contra el varón y el padre. La lucha de clases ha sido reemplazada por la lucha de sexos, en perjuicio de la imagen y la autoridad de los papás.
Imposible no encontrarle la razón al reputado psiquiatra Sergio Canals, autor de “El poder de la caricia”, quien advierte que estamos frente a la abolición de la figura del padre. “En esta sociedad narcisa la figura paterna ha perdido su rol en términos de incorporar la autoridad, modelar el deber, y eso sucede porque los padres no están o han abdicado de esos roles”. Y si muchos han abdicado es porque se percatan de que son objeto de marcado menosprecio.
Los líderes religiosos debieran representar a nuestros políticos que en lugar de intentar sustituir a los padres, el Estado debiera apoyarlos: en primer lugar, fortalecer la autoridad de ellos, en lugar de debilitarla; y promover intensamente las escuelas para padres, a fin de papás y mamás, con el apoyo de especialistas, analicen la mejor manera de educar mejor a sus hijos; y tercero, favorecer la formación religiosa o moral de los niños.
Resulta de veras insensato que por mejorar el puntaje en el Simce, se descarte sin mayor trámite la asignatura de religión. Si usted no quiere que su hijo concurra a clases de religión a cargo de un laico católico, de un pastor evangélico, de un anciano mormón o lo que sea, pues deberá concurrir a una clase de ética porque ninguna sociedad puede proyectarse y prosperar si sus miembros no conocen y reconocen algunos principios éticos fundamentales. Habrá que preparar a cientos y quizá miles de profesores de ética y moral y diseñar programas que consideren los fundamentos de las más diversas religiones, pero ello, aparte de asegurarnos que tendremos jóvenes más cultos, es tan importante como preocuparse de disponer de profesores de lenguaje o matemáticas más preparados.
SÍ, PODEMOS
Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, de creyentes y de no creyentes proclamó el presidente Barack Obama en su ceremonia de investidura. Un acto solemne e histórico que marcaba la llegada del primer afroamericano a la Casa Blanca. Un pastor protestante oró en forma solemne en la ceremonia:
“Ayúdanos, oh Dios, a recordar que somos americanos. Unidos no por la raza o la religión o la sangre, sino por nuestro compromiso con la libertad y justicia para todos. Cuando nos centramos en nosotros mismos, cuando nos peleamos, cuando te olvidamos, perdónanos. Cuando presumimos de que nuestra grandeza y prosperidad es sólo nuestra, perdónanos. Cuando no tratamos a nuestros compañeros, seres humanos, y a toda la tierra con el respeto que merecen, perdónanos. Y a medida que afrontamos estos días difíciles, que nazca una nueva claridad en nuestras intenciones, responsabilidad en nuestras acciones, humildad en nuestros esfuerzos y civilidad en nuestras actitudes, incluso cuando diferimos. Ayúdanos a compartir, a servir y a buscar el bien común de todos. Que todas las personas de buena voluntad se unan para trabajar juntas por una nación más próspera, saludable, justa, y por un planeta pacífico. Que nunca olvidemos que un día, todas las naciones, todas las personas, estaremos de pie ante Ti para rendir cuentas”.
Si incluso hoy, con todo el avance de la secularización, más del 90 por ciento de los chilenos se declaran creyentes y más del 80% reconocen alguna afiliación a una iglesia o credo, ¿sería demasiado pedir que nuestros niños reciban mensajes como éste?
En la medida que Estado apoye el quehacer de los padres, las iglesias o confesiones religiosas o movimientos espirituales del más amplio espectro, tendremos menos necesidades de cárceles y reformatorios, los carabineros tendrán jornadas más tranquilas, nuestros jóvenes se irán zafando de la férula que les imponen el alcohol y las drogas, disminuirán los accidentes automovilísticos, las playas y plazas dejarán de ser los basurales es que están en su mayor parte convertidas, los rayados con grafittis se reducirán o se harán de veras artísticos, etc.
Algunos podrán decir que es demagógico, voluntarista o irresponsable suponer que los resultados serán milagrosos. De acuerdo, no erradicaremos la violencia, ni la droga, ni la criminalidad porque sabemos que el Paraíso no existe en este mundo. Sin embargo, presumiblemente conseguiremos reducir en importante medida estos problemas y estaremos avanzando hacia una sociedad mejor. Yes, we can, fue la consigna de Barack Obama, que bien podría aplicarse en este caso. En todo caso, parece más realista, menos ingenuo, si se trata de construir una sociedad más humana, depositar mayor confianza en el empoderamiento de los padres y en la promoción de la formación ética que en el despliegue del aparato del Estado, con su legión de mercenarios, tecnócratas, burócratas y políticos reclamando un cupo en los puestos mejor pagados.
Los niños no pueden esperar, escribió Gabriela Mistral. ¿Hasta cuándo los hacemos esperar para favorecer su bienestar material y espiritual, clave para que construyamos una sociedad mejor, al inicio del tercer siglo de nuestra vida como país?
entendi mal o el autor pretende ideologizar a los niños mas de lo que ya lo estàn??
cuanto niños vemos marchando hacia las iglesias evangelicas, cuantos niños vemos predicando en las calles con los testigos de jehova??
de quien es la culpa de la ignorancia de las personas? no es de las iglesias??
me pregunto en que se tropiezan los adultos en respetar, amar o querer a los niños mas que al dios de las iglesias o al dinero o al sexo?? o a ellos mismos??
la respuesta a los males no es mas iglesia para todos, quedaremos mas sin pensamiento que antes.
porque no mejor adorar a nuestros niños como lo mas sagrado?
recerden jesus cuando les decia, tus hijos seran tus jueces, deja que los niños vengan a mi, es tan insano pretender que en la familia el dios sea el hijo y no el padre??
gracias a la iglesia, gracias a dios religioso, gracias a la ideologia valorica de cristianos, evangelicos, mormones etc etc es que en estos dias los apdres no saben coo educar a sus hijos. que han aprenddo los adultos delas iglesias?? que valores??
solo amar a dios, solo creer en el porque al final de la historia el los salvarà…
pero recordemos que dios es dios de vivos y no de muertos…y en el “cielo” - donde pretenden ir los creyentes - nadie se casa, no existen las familias…
y por ultimo el paraiso si existe en la tierra..todo depende de como te hayas educado y preparado en tu vida…
Este articulo me parece muy lucido por cuanto pone el acento en lo que de verdad necesitamos todos, no solo los niños: el Amor verdadero, que solo puede provenir de Dios. Es cierto que las religiones han fallado en muchas cosas, pero debemos separar la paja del grano, no por eso el mensaje de “Amaos los unos a los otros” queda desvirtuado. Lamentablemente, personas inteligentes, en vista del comportamiento de muchas personas “religiosas”, han caido en el relativismo moral, una postura que ha ocasionado un daño incalculablemente mas elevado que cualquier desvario pseudoreligioso.