En una sociedad democrática debieran coexistir armónicamente seguidores de diversas religiones, y ellos con ateos o agnósticos. Ello exige a todos la sujeción a ciertas normas de conducta… lo que no es nada fácil. Algunos ateos creen que la clave radica en condenar a los creyentes a vivir su fe en la intimidad de sus hogares o en el templo. Muchos creyentes consideran, por su parte, que la predicación de su fe constituye un derecho humano fundamental. Pero si no existe una dosis mínima de cortesía por parte de cada quien, las normas legales pueden irse al diablo y desatarse las pasiones y hasta la violencia
Editado por creyentes.cl
Julio de 2009
“CREYENTES Y NO CREYENTES” se llama la columna que Thimothy Garton publicó hace algún tiempo, en la cual manifestaba su convicción de que es urgente “ponernos de acuerdo sobre lo que una sociedad libre debe exigir a fieles y ateos”. Este analista político, ensayista, académico y periodista británico, nacido en 1955, es una lumbrera intelectual, ha obtenido numerosos premios y es columnista habitual de varios de los diarios más influyentes del mundo.
Imposible no estar de acuerdo con Garton en su afirmación de que uno de los grandes desafíos de nuestra época versa acerca de cómo lograr que individuos de distintas religiones o sin religión, de diferentes etnias y valores vivan juntos como ciudadanos de pleno derecho en unas sociedades libres, donde se respeten los derechos de cada cual.
La situación de los musulmanes en Europa constituye una parte significativa de este debate, pero es importante recordar que las cuestiones son mucho más amplias, seguía señalando el autor, quien, en procura de un debate productivo, expuso sin rodeos las bases de su postura, que define como liberal laica.
A diferencia de los musulmanes, cuya conducta se basa en el Islam, los liberales como Garton parten del liberalismo. “Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás”. En rigor, no es necesario ser liberal ni neoliberal para suscribir la postura que explicita Garton. Cualquier cristiano consciente de su fe, por ejemplo, entiende hoy en día que los derechos humanos son intangibles, lo que obliga a respetar por ejemplo la libertad de conciencia de cada quien y a no imponer abusivamente valores o creencias.
EL VALOR DE LA LIBERTAD
Imposible, en consecuencia, no suscribir su conclusión de que, ante los retos que supone una diversidad en aumento, los ciudadanos debemos ponernos de acuerdo y detallar con más claridad los principios fundamentales de una sociedad libre. Una forma de avanzar en este sentido sería una carta de los derechos y los deberes de los ciudadanos, señala Garton.
Considera el reputado intelectual británico que uno de esos principios fundamentales es la libertad de expresión, la cual se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de algunos extremistas en contra de algunos de sus adversarios y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano, casi a cualquier precio, por parte de diversas instituciones públicas y privadas. Se refiere a la indignada reacción de algunos sectores musulmanes ante las burlas a juicio de ellos sacrílegas que se han hecho de Mahoma y otros íconos sagrados del Islam en ciertas publicaciones europeas.
En este punto la argumentación de Thimothy Garton se torna más discutible, incluso para un periodista, que está mentalmente más preparado para el siguiente aserto. “La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho”. En otras palabras, en nombre de la libertad podemos incluso pisotear la honra ajena y herir los sentimientos de millones de personas. Curiosamente, si alguien dice por ejemplo que los chinos son fétidos recibirá, en buena hora, amplio repudio social, con el argumento de que se trata de una declaración racista. Pero si pongo sobre una cruz a una modelo desnuda para promover la venta de una marca de automóviles o produzco una película que ridiculiza a Buda, los que se sientan afectados estarán obligados a tolerarme, ya que estoy haciendo uso de mi libertad, un derecho que nadie me puede cuestionar.
¿Y qué pasaría, cabe preguntarse, si alguna agrupación piadosa contraatacara, lanzando una campaña publicitaria con la consigna de “desconfíe de los ateos: no tienen ni Dios ni ley? ¿No debieran, los derechos individuales, estar morigerados también por cierta dosis de tolerancia y cortesía? Aunque mi suegra haya engordado varios kilos desde la última vez que la vi, no hay razón para que yo se lo haga sentir, ni siquiera en el caso de que yo se lo pregunte. Y aunque alguien profese un marcado desdén por los fanáticos del fútbol, cabe esperar una actitud comprensiva cuando en el almuerzo familiar se tope con un par de parientes que están desesperados por comentar las incidencias del partido de anoche.
ATEISMO AGRESIVO
La necesidad de la cortesía y la tolerancia queda más en evidencia en los tiempos que corren, en que mientras algunos ensayistas anuncian que Dios ha vuelto, otros, incluidos clérigos, manifiestan inquietud ante la emergente agresividad de los no creyentes. “Dios ha vuelto”, el ensayo escrito por el editor del afamado semanario británico The Economist ha vendido decenas de miles de copias, pero hay obispos católicos, Monseñor Héctor Melguizo, por ejemplo, del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), que se sienten más preocupados por la asertividad que están mostrando los ateos, que ahora han salido a promover abiertamente su postura y a descalificar a los que insisten en creer en la divinidad y asumir una religión.
En el artículo “¿Llegó la hora de los no creyentes”, Melguizo parte dejando constancia que se acaba de publicar en Colombia un “Manual de Ateología”, escrito por 16 autores que hacen gala de su ateísmo. Podría tratarse de una réplica del “Tratado de Ateología”, publicado en 2005 en Francia por el filósofo Michel Onfray. Son varios los títulos recientes que apuntan en la misma dirección. Habría que mencionar “El espejismo de Dios”, del etólogo británico Richard Dawkins; “Por qué no podemos ser cristianos, y menos aún católicos”, del matemático italiano Piergiorgio Odifreddi; o “Dios está en el cerebro”, de Alper Matthew, uno de los fundadores de la “neuroteología”; y “El fin de la fe”, de Sam Harris.
El prestigiado diario español “El País” señalaba hace poco que los ateos se hacen cada día más fuertes: “Los no creyentes se organizan para frenar la beligerancia de las religiones y su poder en el Estado. Sus campañas publicitarias reciben generosas donaciones y aumenta la demanda de apostasía”, es decir el número de personas que renuncian públicamente al bautismo cristiano que recibieron cuando muy pequeños. Los británicos fueron hace poco el público objetivo de la primera campaña ateísta financiada con donaciones de contribuyentes anónimos. En el espacio destinado a publicidad en los chasis de los autobuses londinenses se podía leer el eslogan: “Es muy probable que Dios no exista, así que deja de preocuparte y disfruta la vida”. La misma iniciativa se ha puesto en marcha en Washington.
Hasta hace poco, los ateos no estaban organizados. Pero ahora han empezado a salir del closet. Numerosas personas en España, en Alemania y en Suiza están solicitando la apostasía. Algunos desde luego, por simples razones económicas, por no tener que pagar contribuciones o diezmos a su propia Iglesia. La British Humanist Association es una organización que promueve acabar con la privilegiada posición de la religión en la ley, en la educación, en los medios de comunicación. Las librerías de muchas partes del mundo, se están llenando de libros de científicos e intelectuales y de otros no tanto, que han emprendido la batalla dialéctica a gran escala contra la religión.
Por obra y gracia de tutelas y amenazas desaparecen en muchas partes los símbolos religiosos de aulas y espacios comunes “para garantizar el respeto al derecho de la libertad religiosa”. Y es así como por defender el respeto a las minorías, se falta al respeto a las mayorías. No hay libertad para vivir, defender, proclamar la propia religión, pero sí para atacarla y proscribirla, dice con evidente amargura Monseñor Melguizo.
“Hasta hace muy poco asistíamos al fenómeno de que los ateos agresivos o habían desaparecido, o habían escondido sus armas (tal vez como efecto del pluralismo religioso, de la tolerancia, de la libertad religiosa y del respeto a la persona humana). Hasta hace poco, y desde algunas décadas para acá, no se atacaba directamente a Dios, no se lo negaba, simplemente se prescindía de Él (era un ateísmo inofensivo, por decir lo menos). Pero ahora se está organizando una campaña ampliamente orquestada, directamente contra Dios y contra la religión, cualquiera que ella sea” ¿Se supone que los cristianos deben aceptar en silencio esta prédica? Tal vez deban recordar la enseñanza evangélica que de cuando te golpean a mansalva en la mejilla, ofrezcas la otra a tu agresor.
EL RIESGO DE DESATAR PASIONES
Sí, los que son víctimas de descalificación o mofa, los que se sienten violentados en sus convicciones, debieran recurrir a su fortaleza interior, a su fe, y perdonar a quienes los agreden, muchas veces por prejuicios o ignorancia.
Pese a que Thimothy Garton debe estar al tanto de que palabras sacan palabras y que el ejercicio sin cortapisas de las libertades más legítimas puede desatar pasiones y violencia, se arriesga a postular que “debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales”. Cierto que muchos musulmanes han llegado a condenar a muerte al escritor Salman Rushdie por el contenido de su novela “Loos versos satánicos”, pero hay que tener en cuenta, como contrapartida, el escándalo que armaron los judíos cuando un obispo católico tradicionalista salió a decir que el holocausto del que acusan a Hitler no había sido para tanto. Casi propiciaron el derrocamiento de Benedicto XVI.
“Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo”, afirma Garton. No aclara si debemos estar dispuestos a morir o a matar para defender este derecho, que en su escala de valores parece ser más importantes incluso que el derecho a la vida. “Por motivos obvios, debe haber límites a lo que se puede decir sobre personas que aún están vivas, pero deben ser unos límites muy precisos”, precisa el intelectual.
Agrega que otro principio fundamental del liberalismo que él profesa, otro derecho humano básico podría decir alguien que no simpatiza con aquella ideología, es la libertad religiosa. Debemos ser libres no sólo de perseguir nuestra propia versión de lo que es una buena vida, sino de cuestionarla y revisarla, de lo cual se deduce que debemos ser libres para propagar, poner en tela de juicio, cambiar y abandonar nuestra religión. En una sociedad libre, el proselitismo (evangelización la llamaría un cristiano), la herejía y la apostasía no son delitos. Imposible no suscribir esta afirmación ni dejar constancia de que en vastas regiones del mundo ella sigue siendo letra muerta.
Para garantizar estas libertades necesitamos una esfera pública laica. ¿Pero a qué se refiere Garton cuando plantea ese imperativo? Si hablamos de “los valores de la Ilustración”, hay que preguntar: ¿qué Ilustración? ¿La Ilustración de John Locke, que reivindicaba la libertad religiosa, o la de Voltaire, que aspiraba a que estuviéramos libres de religión? Admite que esta simplificando un poco las opciones, a fin de hacerlas mas evidentes. ¿Un orden liberal en el que los devotos de todos los dioses tengan libertad para intervenir en la vida pública, en igualdad de condiciones con quienes afirman, como el propio Garton, que no existe Dios? ¿O un orden liberal en el que se mantenga a todos los dioses lo más lejos posible de la plaza pública?
Apunta el ensayista que el término republicano francés de laicité se aproxima más a la segunda alternativa, en tanto que la tradición de la primera enmienda estadounidense, aparece ligada a la primera.
Garton admite que se siente más inclinado a la postura de John Locke, pero no cree que convenga librar este debate en el nivel abstracto y teórico. Prefiere abordar aspectos concretos: admisión o prohibición de la existencia de escuelas religiosas, construcción de nuevas mezquitas, enseñanza de las teorías de Darwin sobre la evolución, uso del velo por las mujeres musulmanas, las caricaturas de Mahoma, y así sucesivamente.
El ensayista considera imprescindible dejar más claro la diferencia entre el laicismo y el ateísmo. En su opinión, el laicismo debería consistir en una discusión sobre las normas para una vida social y pública común; el ateísmo es un debate sobre la verdad científica, la liberación individual y la esencia de una buena vida. El debate actual sobre el Islam, por ejemplo, está pervertido por una confusión entre los dos temas.
Los ateos deben tener derecho a decir a los musulmanes, cristianos y judíos: “Seríais mucho más libres de mente si abandonarais vuestra ridícula fe en Dios”. Y los creyentes deben tener derecho a contestar: “Tendríais un sentido más profundo de la libertad personal si tuvierais fe”. Ahora bien, ninguno puede imponer su postura al otro ni convertirla en condición indispensable para participar como ciudadano en una sociedad libre. El debate político sobre la libertad para la religión y el debate personal sobre la libertad de religión o de la religión tienen que producirse en planos distintos.
Esa distinción, por supuesto, perdería valor, señala Garton, si la condición de musulmán devoto fuera verdaderamente incompatible con hecho de ser un ciudadano de pleno derecho en una sociedad libre. “Me da la impresión de que eso es lo que creen varios de quienes participan en el debate actual, tanto ateos como cristianos, aunque no suelen decirlo con todas las letras”. A su juicio, tal idea ¿o mejor dicho, sospecha, asoma una y otra vez: por ejemplo, en la fórmula de que “el Islam es incompatible con la democracia”.
Sin embargo, quienes no somos musulmanes no tenemos más remedio que coincidir con el autor Edward Mortimer, que en su estudio sobre la política del Islam, Faith and power, ha concluido que no existe un Islam único e inmutable. Lo que dicen y hacen los musulmanes, en nombre del islam, ha variado enormemente a lo largo de la historia, y sigue variando hoy día. Las enseñanzas básicas, es cierto, se encuentran el Corán y el Hadith (tradiciones orales sobre la vida y enseñanzas de Mahoma), igual que las que rigen a los cristianos están en la Biblia. Pero, como en todas las grandes religiones, se trata de textos complejos, sujetos a diversas interpretaciones.
LA CORTESIA ES OTRO NOMBRE DE LA CARIDAD
“Cuando un musulmán escribe en un diario una carta en la que afirma, apoyándose en referencias del Corán, que el Islam, debidamente interpretado, apoya “el principio crucial de la libertad de expresión”, ¿qué interés podemos tener los liberales no musulmanes en discutirle esa afirmación? Si un cristiano apoya el imperio de la ley, tal como lo entendemos en un Estado liberal y laico del siglo XXI, no se nos ocurre gritar: ¡pero tu Antiguo Testamento dice “vida por vida, ojo por ojo, diente por diente!”. A no ser que los intereses ateos, esto es, demostrar que la religión no sólo es una tontería, sino una tontería peligrosa, puedan más que los intereses laicos liberales, que consisten en ver cómo puede convivir gente de distintas creencias en paz y libertad”.
Lúcidas reflexiones con la que Garton corona su columna. Cierto, no son pocos los ateos que manifiestan una animadversión rayana en el fanatismo contra las religiones y las personas de fe. A veces, estos ateos se visten con ropajes progresistas, pero en verdad se dejan llevar por sus bajas pasiones. Antes que procurar una coexistencia pacifica entre creyentes y no creyentes, parecen más empeñados en imponer su ateísmo y hacerle la vida imposible a esos subdesarrollados intelectuales (así los consideran en su fuero interno) que siguen creyendo en Dios.
En definitiva, la profundización de la democracia, de la libertad y la convivencia pacífica se tornan tan difíciles con los ateos agresivos como con los fanáticos religiosos que amenazan con la guerra santa a quienes ofenden sus íconos más sagrados.
A la tesis de Garton les falta pues un ingrediente básico. Si queremos que individuos de distintas religiones o sin religión, de diferentes etnias y valores vivan juntos como ciudadanos de pleno derecho en unas sociedades libres, no basta con promover el derecho de cada cual a expresar con la más absoluta libertad sus opiniones. Es preciso, también, señalar que es imprescindible que profesemos sincero respeto por las opiniones y creencias de los demás y que evitemos ridiculizarlas o hacer mofa de ellas. Los creyentes deben cuidar expresiones que sugieran que los ateos son personas carentes de ética, por ejemplo, y éstos deben abstenerse de aparentar aires de superioridad en especial respecto de personas de fe sencilla, pero sincera.