Caritas in veritatis

Caritas in veritatis

Texto  íntegro de la Encíclica del Papa Benedicto XVI,
dada a conocer en julio de 2009,
y cuyos destinatarios son los católicos
y todas las personas de buena voluntad del mundo

 

EL EX MINISTRO de Hacienda de Chile en los tiempos de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el economista Eduardo Aninat, a quien le tocó, tras el llamado trienio de oro de la economía chilena a mediados de los noventa, lidiar con los efectos de la crisis asiática, saludó en un artículo de prensa la encíclica “Caritas in Veritate”, afirmando que aborda sin ambigüedad los problemas del orden económico mundial imperante.

En su comentario de alrededor de mil palabras, el personero demócrata cristiano, dice que los planteamientos del pontífice vienen a llenar un vacío que se tornaba evidente en lo tocante a la evolución del sistema de capitalismo global. Descarta que la encíclica pretenda llevar a cabo un enjuiciamiento estructural del sistema económico mundial, hoy dominado por un esquema capitalista posmoderno y afirma que apunta a descifrar lo que ha estado fallando en la arquitectura de la globalizada economía internacional.

Asevera Aninat que estamos en presencia de una crisis económica y financiera enteramente generada desde los centros neurálgicos vigentes en los países de economía mayor del orbe, Estados Unidos, Unión Europea, Rusia, Japón. Agrega que las causales inmediatas y evidentes surgieron desde desequilibrios financieros e inmobiliarios originados en centros de gravitación para la globalización.

Opina que estamos en presencia de una falla de mercado compartida, operada en un sector neurálgico (el financiero/inmobiliario) de toda economía posmoderna. Los agentes privados del sector financiero sobreextendieron sus privilegios de intermediación del riesgo (abuso de posición), y las autoridades públicas no ejercieron a cabalidad o con profesionalismo sus papeles de prevención, control y regulación prudencial.
Aquí había acumulada una centenaria y abundante literatura científica para poder entender las fallas, alega Aninat.

Es impresionante constatar cómo ese acervo de know how simplemente se obvió. “Confiemos en que la dureza del presente logre hacer despertar a los actores, y se camine con racionalidad pero con decisión política a corregir futuras recurrencias de las imperfecciones, y a prevenir de muchísimo mejor forma una serie de graves impactos derivados”.

¿Por qué surge esta crisis desde el mundo avanzado y rico? A juicio del ex Ministro de Hacienda y ex alto funcionario del Fondo Monetario Internacional, esta dimensión es más difícil de abordar. Una parte de la respuesta se halla en la conjunción de un círculo perjudicial: donde cada componente del mismo pudo ser inocuo per se, pero donde la combinación se tornó desequilibrante y destructiva. Tal y como se ha verificado en la crisis.

De un lado, el imperio casi inconstante de una falsa confianza y de un positivismo simplista que se nutrió de expectativas exitistas sobre un mundo económico globalizante que iría en permanente expansión. Esa visión enardecida del futuro habría servido para desatar “espíritus innovadores” (”animales” le llamó el clásico Schumpeter) que avanzaron con pasión y fuerza hacia terrenos desconocidos.

Del otro lado, el simplismo de una economía política que habría imperado en parte del seno íntimo del Grupo de las ocho economías más poderosas del planeta (G8), llevando a pensar que los organismos rectores de la globalización no se hacían ahora cruciales. Así, se pensó, podía expandirse una internacionalización financiera sin reforzar ni dar relieve mayor a las instituciones universales que el mundo había diseñado -hacía décadas- para prevenir y morigerar las crisis.

Califica Aninat de paradojal el hecho de que durante los tres o cuatro años previos al estallido de la crisis, las denominadas hermanas de Bretton Woods, vale decir el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), hayan estado casi marginadas -cumplieron apenas un papel ocasional- de las discusiones de fondo celebradas en los centros de toma de decisión política del nudo base de países G8. La causal fue ideológica: consistió en la creencia allí de que la suma de fuerzas de mercado y de poder político global era suficientemente poderosa para irradiar el mundo de los negocios a todos los rincones del orbe, sin prestar mayor atención al esfuerzo de reforzar burocracias globales.
Se pensaba que la institucionalidad económico-financiera universal vigente al alero de la familia de Naciones Unidas ya era excesiva para un mundo nuevo que marcharía más acorde con los ritmos de la innovación y la autorregulación.

Tal como sucedió con el alado dios Ícaro en su vuelo dirigido hacia el Sol, más pronto que tarde ese mismo mundo élite del G8 aterrizó muy duro, dándose cuenta de que este vuelo especial de globalización se estaba haciendo con alas de cera. Se cambió el enfoque sobre la marcha y se corrió entonces a cerrar filas con demandas de regulación y prevención aumentando -bajo el signo de urgencia- los recursos de las instituciones globales que pocos años antes habían sido menoscabadas. Los comunicados de las sesiones de emergencia de los países del Grupo de los 8, y Grupo de los 20, reflejan eso para 2008 y 2009.

La incubación y desarrollo de esta crisis se dio en el mundo desarrollado por acción, y en el mundo subdesarrollado por omisión o pasividad, olvidando los contenidos del artículo I de los estatutos ordenadores de la magistral reunión de Bretton Woods de 1944, de la que hoy se celebran exactamente 65 años. En particular, lo que señala como objetivo su acápite v): “dar confianza a sus miembros”: los países organizados bajo Naciones Unidas.

Uno de los desafíos cuya resolución está pendiente en la gran arquitectura financiera mundial consiste, , a juicio del economista, en cómo movilizar a pensadores globales que, con visiones de largo plazo, pongan en el tapete de la globalización los temas más relevantes de la nueva institucionalidad que se requiere.

“Su Santidad Benedicto XVI tiene poder moral y razón profunda para alertarnos sobre peligros, riesgos y abusos de aventuras económicas que -no pocas veces- generan desequilibrios profundos y disrupciones que afectan a millares de hogares en lugares vulnerables y de escaso desarrollo” concluye Aninat. “El Papa ha abierto, valientemente, un debate mundial: aprovechemos los laicos esta oportunidad y abordemos la temática central con altura de miras y en profundidad”.

TEJIDO MORAL
Carlos Williamson, alto ejecutivo de la Pontificia Universidad Católica de Chile, comentó los planteamientos de Aninat señalando que éste no presta suficiente atención al tema del tejido moral del comportamiento de los agentes económicos, lo que, como ha dicho con elocuencia Benedicto XVI, está en la raíz misma de esta crisis y de muchos males de nuestro tiempo.

La Encíclica no es un enjuiciamiento a la arquitectura técnica del modelo de mercado, pero sí una severa advertencia a que “toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral” y un llamado a “una nueva y más profunda reflexión sobre el sentido de la economía y de sus fines”. En la actual crisis, qué duda cabe sobre los perniciosos efectos de la permisividad de la autoridad pública estadounidense para regular los derivados hipotecarios. Ello impidió poner freno a sofisticadas innovaciones financieras, riesgos desmedidos y burbujas de activos, con devastadoras consecuencias sobre la economía real y mundial. Pero, al mismo tiempo, cuánta verdad hay al afirmar que la real lección que queda no es sólo la necesidad de instaurar una regulación prudencial, sino además, como señala el Papa, “que los agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético de su actividad”.

Para ello es preciso que el discurso público y privado redescubra los códigos de una ética social en la que la honestidad, transparencia y responsabilidad tengan especial cabida. También “en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, deben tener espacio en la actividad económica diaria”.

La construcción de un nuevo orden económico internacional requerirá, como ha dicho alguien con agudeza, que los economistas salgan de sus silos especializados para entender un mundo que la globalización ha hecho más complejo. Pero habría que agregar, concluye Williamson, que los políticos también deben salir y escrutar los signos de los tiempos para entender que las instituciones no bastan por sí solas para construir un auténtico progreso y fundar así un desarrollo a escala humana.

 

Para leer el texto íntegro de la encíclica haga clic aquí

 



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