Por falta de adecuada capacitación o por lamentable improvisación, son muchos los sacerdotes que desaprovechan el privilegio de dirigirse a decenas o centenares de personas que requieren con urgencia fortalecer su fe o formación religiosa
LA PRÁCTICA DE concurrir al templo los domingos viene desde hace tiempo declinando entre los que se denominan católicos. También el número de misas dominicales en las parroquias ha disminuido, tanto por la escasez de sacerdotes como por el debilitamiento de la demanda. Los párrocos no ponen demasiado empeño por acrecentar la concurrencia, según lo comprueba el hecho de que en la mayoría de los templos no hay ningún letrero destacado que anuncie el horario de las misas e invite a los fieles a participar en ellas.
Sin embargo, probablemente no exista ninguna otra institución, ni política, ni social, ni económica, ni pública ni privada, ni siquiera el fútbol (salvo cuando se libran encuentros de alto riesgo), que sea capaz hoy en día de movilizar domingo a domingo a un número mayor de chilenos que el que llega a templos católicos para la misa.
Aun los partidos políticos más poderosos mueven un bajo porcentaje de sus militantes a la hora de eventos de gran trascendencia interna, como la elección de dirigentes o la designación de candidatos parlamentarios. En estos tiempos de abandono de las utopías y de creciente pragmatismo, resulta abrumadora la indiferencia de la gente por todo lo que sea compromiso ideológico, partidario o religioso, es decir por todo lo que no genere en forma directa dinero, placer o bienestar. La excepción la constituyen quizá los pentecostales, aunque ellos conforman más bien una cultura que una institución orgánica, dada la infinidad de iglesias autónomas y hasta rivales entre sí.
Buena parte de quienes concurren a la Misa lo hacen de vez en cuando, y no sistemáticamente domingo a domingo. Su formación religiosa es precaria, es decir tienen una idea bastante vaga de nuestra fe y de la Iglesia, adhesión que puede perderse si no se la refuerza, dados la constante prédica materialista proveniente de los medios de comunicación en general y los afanes proselitistas de otras confesiones. Ese vínculo con la Iglesia puede asimismo debilitarse y llegar incluso a desaparecer si las personas perciben que esa concurrencia al templo no satisface sus necesidades espirituales.
El esfuerzo misionero que es propio de la Iglesia Católica debe sin duda mantenerse. Pero tan importante como llegar con su mensaje a gente que está del todo alejada de ella, es robustecer la fe, la esperanza y la caridad de muchos que asisten con alguna frecuencia al templo, con lo que ya demuestran una actitud de buena voluntad, pero que están lejos de ser fieles maduros.
La celebración dominical debiera pues llevarse a cabo en un ambiente atractivo, comprensible y didáctico. Ello contribuiría a confirmar en la fe a muchos cristianos vacilantes y a fortalecer nuestro sentido de pertenencia al Pueblo de Dios.
PALABRA QUE NO SE ESCUCHA O NO SE ENTIENDE
Por desgracia, la sensación que a uno le queda con frecuencia al salir de alguna misa dominical es la improvisación, como si el sacerdote y los encargados de la ceremonia no estuvieron demasiado convencidos de la importancia y la solemnidad del acto.
En pocos templos los fieles son acogidos en la puerta por el sacerdote o laicos que los saluden y entreguen una hoja con los textos bíblicos que se leerán en la celebración. Como la mayoría llega atrasada, es frecuente que la misa se inicie en presencia de una exigua concurrencia, que terminará de engrosarse recién durante la homilía.
La improvisación del equipo encargado de la misa se advierte en los cuchicheos entre el guía y los lectores, e incluso entre el celebrante y sus acólitos, actitudes que sumadas a desplazamientos nerviosos y aparatosos estos personeros en torno al altar y hacia la sacristía distraen a los fieles.
También es fruto de la improvisación el hecho de que a menudo los lectores no enciendan el micrófono al presentarse para proclamar la Palabra o que hablen a una distancia inconveniente, lo que impide que la concurrencia entienda lo que se dice. Por desgracia, pocas son las parroquias en los que se entrega a cada asistente la hoja con los textos bíblicos y comentarios alusivos, lo que permitiría atenuar los efectos de la mencionada deficiencia. Por razones de economía, suponemos, las hojas alcanzan sólo para algunos, en tanto que en muchas misas no las hay en absoluto. Si cada asistente dispusiera de una copia con los textos y comentarios para llevársela a la casa podría incentivarse vigorosamente la lectura meditada de trozos bíblicos durante la semana. Pocos gastos pueden resultar más eficaces en el mediano y largo plazo que la inversión en este rubro, ya que ayudaría a incrementar el grado de formación y a fortalecer la idea de que la Palabra puede llegarnos e interpelarnos día a día y en cualquier circunstancia.
Dejando de lado toda consideración o exigencia de carácter estético, cabe señalar que la mayoría de los coros maneja un estilístico repertorio de canciones litúrgicas, lo que explica que con frecuencia entone algunas que guardan escasa o ninguna relación con la fiesta que se trata o la enseñanza básica del Evangelio de ese domingo. Dejar los coros, por llamarlos de alguna manera piadosa, a la buena de Dios, demuestra una escasa comprensión del significado de la música como medio universal de comunicación, sobre todo en el caso de los jóvenes.
Pero lo más lamentable es el desaprovechamiento, en que incurren muchos sacerdotes, de la envidiable oportunidad de evangelizar que se les ofrece a la hora de la homilía.
PREDICADORES LATEROS
Ya hemos señalado que el grueso de los fieles de nuestra Iglesia son personas con escasa formación religiosa, que acuden al templo impelidas por su sincero deseo de alabar a Dios, las más de las veces con una visión bastante individualista. La misa constituye, pues, una excelente oportunidad de ayudarlos a crecer en su fe, mediante la articulación entre las enseñanzas del Evangelio y las realidades de la vida cotidiana, y de reforzar en ellos la percepción de que conformamos un Pueblo de Dios y el cuerpo místico de Jesús.
Se trata de un público que es casi analfabeto funcional porque se ha olvidado del ejercicio de lectura, debido a la abrumadora exposición a los programas televisivos. No está habituado entonces a seguir razonamientos demasiados complejos, sobre todo de una persona que no apoya con elementos visuales lo que dice con la boca. Su tiempo de resistencia a las exposiciones orales es por lo mismo bastante limitado. Es preciso ganarse su atención mediante el recurso a situaciones concretas de su vida. Es aconsejable tomar una idea central y desarrollarla y machacarla con ejemplos, diálogos y anécdotas, echando mano si es posible a situaciones de actualidad que susciten el interés directo de la gente.
Numerosos sacerdotes parecen ignorar por completo estos rudimentos de la comunicación oral en público. Sus homilías son extensas, como que duran más de 15 minutos; y, peor todavía, provocan bostezos. A veces constituyen disquisiciones de cierto vuelo, pero en exceso intelectuales para la gente que las escucha. Otras veces son muy enredadas, con muchas ideas que se superponen y acumulan, sin una adecuada jerarquización.
La gracia sería que la gente abandonara el templo con un par de ideas o hallazgos bien claros y con la tarea de contrastarlos con su vida cotidiana. Pero si planteáramos a quienes salen de la misa dominical qué llevan en la cabeza y el corazón como resultado de la homilía, veríamos que un elevado porcentaje no lo tiene claro.
MONOPOLIO SUJETO A EXIGENCIAS
En medida importante de las deficiencias que se advierten en las prédicas de nuestros curas son atribuibles a la escasa formación que han recibido en materias comunicacionales, lo que se agrega al hecho de que hay algunos que no tienen ninguna aptitud para hablar en público.
Por desgracia, se parte del supuesto de que todo cura tiene que predicar, en circunstancias de que hay algunos que, pese a ser bellísimas personas, no tienen dedos para el piano.
También se supone que los curas son los únicos que pueden predicar. El papel de los laicos es escuchar las enseñanzas de un señor que se para allá adelante y que le dice a los fieles cómo tienen que vivir su fe en el mundo real, pese a que en muchos casos dicho señor no tiene idea de lo que significa ganarse la vida y formar una familia.
Quizá cuánto ganaría nuestra Iglesia si también los laicos pudieran comentar los textos bíblicos. En breve plazo, el número de predicadores experimentaría un incremento espectacular. Cabe preguntarse si ese factor no configura una de las explicaciones más significativas del auge de los evangélicos. De otro lado, el hecho de que en una comunidad el sacerdote escuchase la prédica de un laico con alguna preparación proyectaría la saludable imagen de que también el clérigo debe sentirse interpelado por la Palabra proclamada por uno de sus hermanos en la fe.
Pero no agarremos tanto vuelo. Los ejercicios de imaginación deben tener un límite. Si en la Iglesia Católica los laicos están constreñidos a ser meros escuchas de lo que les quieren decir los clérigos, si no se los considera capaces de participar en el discernimiento de qué quieres decir el Señor con textos milenarios que deben encontrar alguna explicación en el mundo de hoy, entonces fieles tienen al menos derecho a pedir a sus sacerdotes que se preparen mejor, de modo que sus prédicas suscitan algún.
Alta prioridad, por las razones expuestas, debieran otorgar las iglesias locales, esto es los obispos, a la realización de talleres en los que se entreguen rudimentos de comunicación a los sacerdotes y se realicen ejercicios y análisis de las formas concretas en que éstos llevan a cabo sus homilías. Ello podría ayudar a que muchos sacerdotes mejoraran sustancialmente, satisfaciendo siquiera los requisitos mínimos que los fieles tienen derecho a exigir a quienes ejercen este monopolio al interior de la Iglesia Católica
La asignación de recursos a este fin puede revelarse como de alta eficiencia en el anuncio de la Palabra y en la maduración de los fieles en la fe y en el sentido de Pueblo de Dios.
“Usted, señor cura, es un hombre bueno y generoso,
pero no tiene el carisma de la palabra”
Reproducimos aquí buena parte de la carta enviada en forma privada por un laico al cura de su parroquia. Se trata de un sacerdote europeo perteneciente a una orden religiosa. La carta no obtuvo acuse de recibo.Desearía comenzar invocando al Espíritu Santo para encontrar las palabras adecuadas que reflejen con franqueza mi verdad, pero sin resultar hirientes para su destinatario, que es usted.
Como lo hago con frecuencia, participé ayer domingo en la misa que presidió a mediodía en la Parroquia a su cargo. Me convencí de que no ha recibido usted el carisma de la palabra. Ese no es ningún defecto. Llegar a la gente con la palabra, o por ejemplo, escribir en forma amena son regalos del Espíritu. Quien los posea, carece de razones para sentirse ufano. El que no los posea, no debe considerarse en inferioridad de condiciones.
La pregunta pertinente es por qué hay quienes, en este caso usted, insisten en hacer cosas para las cuales no están dotados; y que al insistir, provocan más daño que bien.
Aprecio mucho su condición de misionero. Dejar la patria en Europa para venirse a un país del Tercer Mundo es un acto de entrega que los fieles de esta iglesia local admiramos y agradecemos. Pero es claro que a los holandeses les resulta muy difícil conseguir un manejo adecuado del español. A esa dificultad agrega usted un tono entre lastimero y soporífero. Para colmo, sus prédicas son demasiado extensas.
No puedo dejar de representarle la molestia que nos ocasiona a muchos cristianos el énfasis exagerado en María y en su virginidad. Usted decidió en este último domingo de Adviento centrar su prédica en este tema. Al afirmar que la madre de Jesús no podía haber sido concebida en pecado, dejó la falsa idea de que el pecado original fue de naturaleza sexual. Cuando se pierde de vista lo único esencial, que es Cristo, terminamos diciendo leseras. Y eso es propio de todas las etapas de decadencia que ha vivido nuestra Iglesia.
Qué lástima que haya desperdiciado esta preciosa oportunidad para hablar del significado verdaderamente cósmico que tiene la Encarnación. Dios se hace uno de nosotros, toma nuestra naturaleza imperfecta y finita. Y lo hace por amor. Porque Él nos ama pese a todo, pese a nuestro pecado y pequeñez. Esa es la gran noticia que tenemos que anunciar hoy, noticia que ninguna devoción específica puede hacer oscurecer.
Qué lástima que usted haya dejado pasar la oportunidad de presentar en términos interesantes para la gente de hoy el drama que vivió José. Él y maría eran personas religiosas que pensaban vivir como matrimonio, pero entregados por entero al servicio de Dios. Tenían su vida planeada, tranquila, segura. Y de repente, Dios les echa abajo todos los planes. Les pone por delante una misión mucho más difícil… y dolorosa.
Sabe usted mejor que yo que para los orientales los sueños son pistas que otorgan profundo significado. De alguna manera José intuyó la voluntad de Dios. Pero no todo le tiene que haber resultado tan transparente. En caso contrario, no habría sido ninguna gracia.
A la gente de hoy le sucede a menudo otro tanto. Creemos tener nuestra vida instalada, nuestra familia, nuestra profesión, un buen pasar económico, un conveniente seguro de vida, varias tarjetas de crédito, los hijos en colegios y universidades prestigiosos. Y de repente algo trastorna nuestros planes, al igual que a José. Puede ser una enfermedad, un accidente, un fracaso profesional, el derrumbe de un matrimonio, etc. El Señor nos saca de nuestras seguridades para que aprendamos a descubrir que Él es la única roca, lo único de veras importante.
Él nos habla a lo mejor por sueños, pero más a menudo a través de los hechos y de otras personas. Hay que aprender a descubrir y escuchar su voz en medio del individualismo y la superficialidad que nos aplastan y manejan.
Tal vez nadie haya tenido hasta ahora el atrevimiento de criticar el fondo y forma de sus prédicas. Eso obedece a la escasa confianza que prevalece al interior de la Iglesia entre sacerdotes y laicos. Y es una de las causas principales de por qué vamos perdiendo terreno a pasos agigantados.
Usted es un hombre bueno y justo, pero no tiene el carisma de la palabra. Otro tanto podría decirse de un elevado porcentaje de nuestros sacerdotes. No sé si los curas se confían demasiado en sus supuestas aptitudes como predicadores o desconocen el poder de la palabra para el anuncio y la profundización del Evangelio.
Se me dirá que hay escasez de curas y que, por lo tanto, es imprescindible que todos ellos prediquen. Esa respuesta forma parte del problema: dentro de la Iglesia predican sólo los sacerdotes, aunque haya muchos laicos que lo podrían hacer harto mejor. Aunque mucho de nosotros, por nuestra condición de profesionales, dispongamos de mayor preparación en una serie de disciplinas que ustedes y poseamos cierta formación en cuestiones religiosas, estamos obligados a limitarnos a escucharlos a ustedes cual si fuésemos niños de parvulario, como si no supiésemos harto más de la vida, que es donde se manifiesta el Señor, que muchos clérigos.
Entonces la gente se aburre porque los curas hablan con un tono gangoso y lastimero que no se les entiende. Y si se les entiende…. hablan de cosas que no captan el interés de un público cada día más familiarizado con la imagen que con la palabra, con hechos que con abstracciones.
Sería tal vez una audacia extrema sugerirle que usted, aduciendo cualquier pretexto, cediera la predicación de la Misa a algún laico. Pero se lo propongo, para no quedarme con la pura crítica. No habemos muchos laicos con alguna preparación, es cierto, pero si ustedes no empiezan desde ahora a confiarnos nuevas responsabilidades, nunca podremos foguearnos, hasta que llegará el día en que nos encontremos solos en los templos, mirándonos las caras ante la dramática falta de sacerdotes.
Se dirá, por otra parte, que muchos laicos no somos un ejemplo muy notable en nuestra vida personal, lo cual es cierto, pero contraargumento afirmando que si tuviésemos que ser perfectos o santos para anunciar el Evangelio, éste se quedaría sin ser anunciado.
Sé que a nuestra Iglesia le falta mucho para tener la audacia suficiente para renovarse. Quizá hasta qué profundidades de la crisis deberemos llegar para que la Jerarquía adopte medidas de fondo a fin de que nuestra palabra resulte más creíble para el mundo de hoy. Mientras tanto los evangélicos crecen en forma espectacular, entre otras cosas porque permiten que todos sus fieles prediquen a voz en cuello la gran noticia.
Pero si tanta audacia resulta todavía impensable en nuestra Iglesia, permítame darle un consejo: predique no más de cinco a siete minutos. Ensaye lo que va a decir y controle el tiempo que ocupa. Elija una o a lo sumo un par de ideas y no se vaya por las ramas ni se distraiga con otras. Pídale a algún amigo que le avise un par de minutos antes del plazo del término. No es mala idea grabar la homilía para poder luego estudiar la forma en que la desarrolló.
Pido al Señor que usted me crea cuando le digo que lo valoro y estimo como hermano en la fe y misionero de Jesús. Puedo entender que esta carta le desagrade y preferiría que la meditara largamente. Le ruego, en consecuencia, que se limite a indicarme que la recibió.
Punto uno: Muchas personas de buena voluntad que preparan a los niños para hacer su primera comunión desgraciadamente no están muy bien preparadas para la difícil misión de enseñar el catecismo.
Punto dos: Durante la Santa Misa, ya es costumbre que los fieles perticipen en las oraciones pertinentes, pero desgraciadamente se elige o se tolera a personas que no tienen en absoluto voz, para llegar a toda la asamblea o los micrófonos están muy mal calibrados, pues a veces no se entiende nada todo esto hace que se pierda en muchas ocasiones la palabre del Señor o las enseñanzas de los evangelios. Sabemos que no todos tienen el don de la palabra, me refiero a la suficiente dicción para darse a entender y no solamente los parroquianos sino que en varias ocasiones los mismos sacerdotes.
Pienso que las personas que cooperan en las Parroquias lo hacen porque no hay nadie más capacitado, y lamentable sería dejar a los párrocos solos en su labor misionera, si hubieren lectores con buena voz y buena dicción es obvio que hay que ceder el lugar a los mejores pero ¿donde están? acaso no son los que se dedican solo a criticar ¿Donde estan los que siendo buenos músicos no alaban a Dios sino que vuelcan su talento a una música estridente?, Creo que la opción con Dios es personal, a nadie se le puede obligar, frente a la carencia de vocaciones cada vez más latente vamos a tener que cerrar muchas parroquias, como está ocurriendo en muchas partes ¿Que podemos hacer? esa es la pregunta, hay que aportar ideas no quedarse solo en la crítica, la iglesia debemos construirla al interior de nuestras propias familias, solo así se fortalecera la fé, empezemos por ahi entonces. Podemos dar gracias a Dios en la mesa diaria por los alimentos en nuestros hogares, rezar por la noche para agradecerle a Dios por un nuevo día o por el que vendrá. Si enseñaramos estas simples cosas a nuestros hijos la Iglesia de Jesucristo se fortalecerá, no solo lo digo por nuestra Iglesia católica sino por todos los hermanos en la fé que llegan por distintos caminos a Dios Padre.
El éxito de una buena predica en cualquier Iglesia o congregación. Simplemente es tener Amor verdadero a Dios, Amor a su obra y a su mensaje y Amor al ser humano A SU SALVACIÓN.Con la ayuda del Espíritu Santo estudiar la escritura y difundir el mensaje de Dios.Como el mismo Señor quiere que llegue su palabra.Con respecto a La Virgen María Ella desde su concepción fue pura y sin mancha, no podía ser de otra forma
Estaba asignada para ser la madre del hijo de Dios. Yo no se porque hay personas que le cuesta entender esto. Estamos hablando de la Madre del hijo de Dios. No de cualquier mujer. Por lo tanto tenía que ser así de pura. Hermanos más respeto con la madre del Señor que dicen creer y servir.
Nosotros no la adoramos porque se adora solo a Dios. solo la veneramos,la queremos y le tenemos respeto como tal.Como tiene que ser en todos los cristianos